Hay momentos en los que uno no sabe muy bien ni por qué ni para quien
escribir, por qué seguir adelante, cuando el horizonte es más bien corto y
la luz más bien escasa. Al titubear sobre esto y lo otro, lo más cierto es
que uno se quede en el primer obstáculo que se le presente, como un
soldadito sin ganas de morir que encuentra en un amigo herido una renuncia
justa a la batalla. A lo mejor el soldadito reflexiona sobre su posición
ante el mundo, piensa en su casa, la novia flaca que dejó tras de sí
llorando en una silla de mimbre – lo que le hacía más fea de lo normal – y
su mamá emplastándole el pelo con un escupitarro con trocitos de turrón, y
llega a la conclusión de que no, realmente huir es lo mismo que seguir,
tener valor es ser cobarde y vice versa hasta el infinito. Lo mejor,
decididamente, es seguir adelante, asumir que la única función que puede
cumplir en la vida es la que le otorga la camisa verde musgo y el blasón
puntiagudo que le premia el pecho, y dejar el amigo muerto, que ya salvación
ni aire tiene, y seguir en dirección el enemigo que para esto le pagan y ya
te vale, grita el coronel.
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Así también el escritor que por suerte o desgracia tiene como meta y
objetivo cumplir con su promesa/función/responsabilidad de escribir algo
válido en la vida. Sartre está a la vuelta de la esquina, clamando por
responsabilidad y dedicación, metido de anfetaminas hasta arriba, así que no
esperes ni un rato de descanso. Al otro de la calle, en contraposición a
Sartre, pero ni de lejos en desacuerdo con él, Julio Cortázar mira con cara
de oso, pero gestos de gacela al escritor nouvelle. Hace gestos extraños,
levanta los dos brazos formando un ángulo recto con los codos para luego
liberarlos con fuerza, como si se tratase de un código de señales con un
mensaje que le dice que sí, coño, que se ponga de una puta vez a escribir,
pero que a lo mejor, cree el joven literato, no es más que el fruto de una
locura submisa. Junto a los dos parisinos, en una cama puesta en medio de la
mismísima calle, se asoma una cabeza medio calva y dos manitas avergonzadas,
quizás Juan Carlos Onetti, porque en la mano izquierda se le ve un
cigarrillo y en la otra una botella de whisky. Parece reírse, pero de alguna
manera su risa viene acompañada con ojos de asombro, quizás porque nunca
dejó de sorprenderse con lo raro que era ester metido en este mundo de
locos. Justo al lado de la cama de Onetti, donde empieza la acera y un poste
octavado, como los de Paris, hace su ronda eterna, un banco de plaza sirve
de acento para el último de los fantasmas que poblan el universo del joven
escritor: es Michel Houellebecq, despido de cualquier vestimenta, con una
copa de vino tinto en la mano y un cigarrillo entre los labios, al que no
saca ni para beberse un trago de rato en rato. No mira hacia la bifurcación
de las calles, centro del universo del escritor y, por lo tanto, donde se
encuentra el mismo. Julio Cortázar, Onetti y Sartre sí le miran, pero
Houellebecq, con una mirada rara, pícara y sensual a la vez, casi divertida,
se fija en la ventana de un edificio, en la cual no parece ocurrir nada
interesante, pero donde una luz se enciende y se apaga. Sólo después de
sorber el vino y tragar una bocanada de su cigarrillo da la vuelta al cuello
sin moverse el cuerpo y mira al pobre escritor que sólo se siente disminuido
cuando por fin, después de cerca de diez minutos de silencio infinito,
Houellebecq se levanta, tira el cigarrillo al suelo y camina hasta perderse
en la oscuridad inmensa de la calle, riéndose cada vez de forma más alta
hasta que el ensordecedor eco le saca del quicio al pobre escritor que lleva
las manos a la cabeza como si tratara de mantenerla de una pieza. Cuando
vuelve a abrir los ojos, sólo ve la pantalla plana, los dedos en movimiento
y la ausencia lúgubre de tres muertos y un vivo que le atormentan las
madrugadas.
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Así también el escritor que por suerte o desgracia tiene como meta y objetivo cumplir con su promesa/función/responsabilidad de escribir algo válido en la vida. Sin olvidarse, claro está, de que Sartre está a la vuelta de la esquina, clamando por responsabilidad y dedicación, metido de anfetaminas hasta arriba, así que no esperes ni un rato de descanso. Al otro de la calle, en contraposición a Sartre, pero ni de lejos en desacuerdo con él, Julio Cortázar mira con cara de oso, pero gestos de gacela al escritor nouvelle. Hace gestos extraños, levanta los dos brazos formando un ángulo recto con los codos para luego soltarlos con fuerza, como si se tratase de un código de señales con un mensaje que le dice que sí, coño, que se ponga de una puta vez a escribir, pero que a lo mejor, cree el joven literato, no es más que el fruto de una locura submisa. Junto a los dos parisinos, en una cama puesta en medio de la mismísima calle, se asoma una cabeza medio calva y dos manitas avergonzadas, quizás Juan Carlos Onneti, porque en la mano izquierda se le ve un cigarrillo y en la otra una botella de whisky. Parece reírse, pero de alguna manera su risa viene acompañada con ojos de asombro, quizás porque nunca dejó de sorprenderse con lo raro que era ester metido en este mundo de locos. Justo al lado de la cama de Onetti, donde empieza la acera y un poste octavado, como los de Paris, hace su ronda eterna, un banco de plaza sirve de acento para el último de los fantasmas que poblan el universo del joven escritor: es Michel Houellebecq, despido de cualquier vestimenta, con una copa de vino tinto en la mano y un cigarrillo entre los labios, al que no saca ni para beberse un trago de rato en rato. No mira hacia la bifurcación de las calles, centro del universo del escritor y, por lo tanto, donde se encuentra el mismo. Julio Cortázar, Onneti y Sartre sí le miran, pero Houellebecq, con una mirada rara, pícara y sensual a la vez, casi divertida, se fija en la ventana de un edificio, en la cual no parece ocurrir nada interesante, pero donde una luz se enciende y se apaga. Sólo después de sorber el vino y tragar una bocanada de su cigarrillo da la vuelta al cuello sin moverse el cuerpo y mira al pobre escritor que sólo se siente disminuido cuando por fin, después de cerca de diez minutos de silencio infinito, Houellebecq se levanta, tira el cigarrillo al suelo y camina hasta perderse en la oscuridad inmensa de la calle, riéndose cada vez de forma más alta hasta que el ensordecedor eco le saca del quicio al pobre escritor que lleva las manos a la cabeza como si tratara de mantenerla de una pieza. Cuando vuelve a abrir los ojos, sólo ve la pantalla plana, los dedos en movimiento y la ausencia lúgubre de tres muertos y un vivo que le atormentan las madrugadas.

