La boda de Luís
Desde luego, su olor a almendra no estaba allí. Parado en la puerta, con un pie adentro y otro afuera, no lograba encontrarla. No estaban sus carcajadas reverberantes en medio a la charla del tío Federico, con los sobrinos de Parla, y tampoco su mirada teutónica al lado del abuelo, repasando los preparativos del ya agobiado cura. Todavía estaba por llegar, y este pensamiento era libertador: abriendo camino ágilmente entre las miradas atónitas, ya se decretaba vencido el primer desafío del día — entrar en la iglesia.
Los últimos meses de meditación, el esfuerzo por suplantar viejos miedos, todo había sido en función de este único momento. El objetivo era claro: tranquilidad y discreción. El propio Luís, cuando le invitó a una cerveza y a la ceremonia, le alertó del gran desafío que suponía dicho encuentro:
— Adriana me mataría — ponderó pensativo — Lo último que quiero es que arméis un circo en nuestra fiesta.
Claro que ella estaría presente, de eso no había duda. Pero escucharlo de la boca de Luís, siempre sereno como un teléfono que no suena, le ponía de los nervios. Fue como volver a visitar una habitación oscura, olvidada en nombre del equilibrio y de la salud. La cerveza ya no era la misma, empezó a temblarse la silla y sus ojos bajaron de un único golpe: quizás estar de vuelta a Madrid no fuera tan buena idea. Luís le dejó en el pasillo de hotel y dieron el tema como decidido.
En la habitación, seducido por el paisaje nocturno desde la ventana del hotel Paris, el sueño llegó a Jorge con facilidad. Pero, al otro lado de las penumbras, le esperaba una larga noche de pesadillas. De todos los infiernos que le atormentaron, lo único que sobrevivió a la luz del día fue una escena, en que esperaba su novia en el púlpito de la catedral de Almudena. Después de su llegada triunfante y de las palabras del cura, quitaba su velo. Pero, para su enorme sorpresa, su novia no era nada menos que él mismo. Luego, el sueño se invertía: él caminaba por el pasillo, bajo los aplausos de toda la iglesia y, al detenerse en frente al púlpito, el novio le levantaba el velo, por lo que podía ver a su propia cara de espanto. Intercalándose puestos por horas, despertó sudando, encubierto por el edredón, y pasó lo restante de la noche convenciéndose de que las pesadillas eran una consecuencia natural del calor.
En la mañana siguiente, sentía como si la noche hubiera purgado a sus miedos. Lo prometido era ley y había que dar con ella algún día, al final. No era plausible dejar de vivir por sus caprichos, cosa que había hecho ya por demasiado tiempo. Todavía antes del desayuno, Luís ya había recibido su llamada:
— No te preocupes. — sintetizó Jorge — Lo haré.
Luís, al princípio reticente, pronto cedió al nuevo ánimo de su hermano y decidieron mantener todo lo previamente combinado. Como quedaban dos semanas hasta la fecha, no había nada más sano que aprovechar la buena salud. Tenía cada razón, cada argumento, todas las piezas encajadas, funcionando a todo motor. Se compró un humidor de puros, como regalo para Luís, y luego una buena caja de Cohiba para estrenarle. También se trajo un par de cosas para regalarle a Adriana, si el ambiente fuera receptivo. Pasó lo restante de los días leyendo un Borges que le había dejado su hermano, descansando en la habitación del hotel y divirtiéndose en las callejuelas madrileñas, conociendo a una parte de Madrid que no pudo en su juventud.
Cuando, por fin, había llegado el día de la boda, el sentimiento era de plenitud. Estaba listo para la hazaña. Resplandecía un azul sabático en el cielo de Madrid, y le pareció que no debía perder ni un centímetro de aire de aquél día inolvidable. Con la ventana abierta, puso el traje que le sentó espléndidamente. Era casi indescriptible la vivacidad que le dominaba, como si millones de hormiguitas le escalasen el cuerpo, picándole inyecciones de azúcar en los poros.
Ahora, ya dentro de la iglesia, no había forma de encontrarla. Quizás haya salido a buscar Adriana, quizás esté en el baño, quizás… Caminando por la nave derecha, se puso al lado de los otros padrinos, mirando de frente a sus desconcertados familiares. Empezó la música, la novia dio los primeros pasos y, antes de las siete, la gente ya se estaba metiendo en sus coches, en dirección a la finca de Cercedilla. Antes de cerrar la puerta de su taxi, logró ver a un resplandeciente Luís, que le dirigió una mirada extraña, casi indescifrable. Jorge, aunque no la hubiera visto, supo con seguridad que estaba allí.
El taxi le dejó lejos de la finca. Era más seguro si fuera caminando. Sobre una cuesta que le permitía, a un lado, la visión total de la fiesta y, al otro, el pacífico pico de Majalasna, se puso a hacer los preparativos. Al escorar el ojo en la luneta, la vio de inmediato. Era como si ella hubiera estado siempre esperándole, su eterno blanco. Todavía pudo observarla saludando a los novios, con un abrazo seguido de su asquerosa carcajada. Después disparó dos veces, un tiro que le habría solamente rozado la pierna, pero el primero, seguramente, le partiría el corazón. Guardando el arma, Jorge se comió un sandwich, porque el hambre le atormentaba el estómago, y se dirigió a la finca.
Al llegar, notó que dominaba, entre la gente, una mezcla de sonambulismo y desespero. Le divirtió, porque se parecían a él, cuando de niño vio por primera vez a un avión supersónico con su padre. Como era de esperarse, todo cambió cuando fue hasta el tío Federico, entregándole el estuche del arma. Le agarró del cuello, diciéndole un “bastardo, un gran bastardo”, y los otros, que buscaban al asesino con los perros, vinieron también a pegarle. Le echaron dentro de un silo, ahora utilizado como garaje, y le rodearon en el suelo; de forma que pudo ver sus tíos, primos, tías y el abuelo dándole patadas por todos los lados, con monstruosas muecas de rabia y desprecio. Hasta que un silencio le tomó la mente, quizás porque su audición se viera afectada por un golpe, y no se quedaron más que sus cabezas en movimiento, como si estuviera en una lenta película en blanco y negro. Y supo que estaban todos allí por él, que eran suyos por todo este instante y que, por fin, era parte de la familia. Su regocijo final llegó cuando ya agonizaba, cuando Luís surgió entre los otros, cuando movió la cabeza aprobando, con toda su bondad de hermano, el acto final de su existencia en familia.
Cartas sobre el cuento (Antón Chéjov)
(A Alexander Chéjov. Abril de 1883)
(…) Insistes en llenar tus relatos de tonterías insignificantes, a pesar de que no eres un escritor subjetivo por naturaleza. En ti, ése es un rasgo adquirido. Abandonar esa subjetividad es tan fácil como beber un trago. Uno sólo tiene que ser más honesto, abrirse y exponerse en cualquier parte, no invadir ni atropellar al héroe de su propio relato, renunciar a uno mismo aunque sea por media hora. Tienes un cuento donde una joven pareja de recién casados se besa durante toda la comida, sufre sin causa, llora mares de lágrimas. Ni una palabra sensata; nada más que sentimentalidad. Quiere decir que no escribiste para el lector. Escribiste porque a ti te gusta ese tipo de chismes. Pero supongamos que tuvieras que describir la cena: cómo comieron, qué comieron, cómo es la cocinera, cuán insípido es tu héroe, cuán contento con su fácil felicidad, cuán insípida es tu heroína, cuán divertido su amor por este satisfecho y sobrealimentado bebe-ganso: a todos nos gusta ver gente contenta y feliz, es verdad, pero describir todo lo que se dijeron y cuántas veces se besaron no es suficiente. Necesitas algo más: liberarte a ti mismo de la expresión personal que una plácida y melosa felicidad produce en todo el mundo (…). La subjetividad es algo terrible. Es mala por el sólo hecho de que revela la mano – y también los pies – del autor. Apuesto a que todas las hijas-de-predicador y esposas-de-empleado que leen tus obras se enamoran de ti; y si fueras alemán, te servirían cerveza gratis en todas las cervecerías atendidas por mujeres. Si no fuera por esa subjetividad, serías el mejor de los artistas. Sabes cómo reír, cómo herir y cómo ridiculizar, posees un estilo acabado y gran experiencia, porque has vivido tantas cosas, pero ¡qué lástima! Todo es material se desperdicia.
(A Alexander Chéjov. Abril de 1886)
En mi opinión, una verdadera descripción de la naturaleza debe ser breve, poseer carácter y relevancia. Hay que acabar con lugares comunes como “el sol poniente, bañado en las olas del mar oscurecido, vertió su oro carmesí”, o “las golondrinas, sobrevolando la superficie del agua, gorjeaban jubilosas”. Al describir la naturaleza, uno debe atrapar pequeños detalles arreglándolos de tal manera que con los ojos cerrados se obtenga en la mente una imagen clara. Por ejemplo, si quieres lograr el efecto total de una clara noche de luna, escribe que un trozo de cristal de botella rota brillaba como una pequeña estrella en el estanque del molino, mientras la sombra oscura de un perro o un lobo pasó bruscamente como una pelota, y así sucesivamente. La naturaleza cobrará así vida si no temes comparar sus fenómenos con acciones humanas ordinarias.
En la esfera de lo psicológico, los detalles son también la clave. Dios nos libre de los lugares comunes. Primero que nada, evita describir el estado interior del héroe, tienes que tratar de que se aclare a partir de sus acciones. No es necesario retratar demasiados personajes. El centro de gravedad debe estar en dos personas: él y ella (…). Te escribo esto como lector que tiene un gusto definido. También para que tú, al escribir, no te sientas sólo. Es duro estar solo en el trabajo. Es mejor recibir un comentario crítico pobre que no recibir ninguno en absoluto, ¿no es verdad?
(A I. L. Shecheglov. Enero de 1888)
(…) no debes dar al lector ninguna oportunidad de recuperarse: tienes que mantenerlo siempre en suspenso. Estos comentarios no serían aplicables si “Mignon” fuera una novela. Las obras largas y detalladas tienen sus propios fines particulares, que por supuesto requieren de la ejecución mas cuidadosa (…). Pero en los cuentos es mejor no decir suficiente que decir demasiado, porque… porque… No sé por qué.
(A V. G. Korolenko. Abril de 1888)
Le estoy enviando el cuento sobre el suicidio. Yo lo leo y no encuentro en él nada que pudiera interesarle; es una obra pobre (…). Ayer di a leer el cuento que estoy escribiendo para el Sieverny Viesnik a una muchacha. Lo leyó y me dijo: “¡Oh, qué aburrido!”. Eso es: realmente aburrido. He tratado por todos los medios de darle vida; lo he acortado, lo he pulido, etc., pero sigue siendo aburrido a pesar de mis esfuerzos.
(A A. N. Pleshcheyev. Abril de 1888)
He venido trabajando por largo tiempo (…) en un cuento breve para la Sieverny Viesnik. Ha debido estar terminado hace meses, pero ¡Dios mío! Siento que no lo terminaré hasta mayo. Desafortunadamente, no estoy satisfecho con él y me he prometido a mí mismo no enviártelo hasta que no lo haya dominado. Hoy he leído todo lo escrito hasta ahora, he reescrito partes y he decidido comenzar de nuevo desde el principio. Aun si no resulta lo que yo esperaba, sabré al menos que trabajé de manera concienzuda y que me he ganado el dinero que pudiera traerme. El cuento carece de interés y de sabor. Yo lo reordeno, lo ironizo, le hago todo tipo de cambios, y aún me deja insatisfecho; así que ya lo tengo decidido: lo terminaré para mayo o lo abandonaré por completo.
APUNTES SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS (Juan Bosch)
El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas. Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.
“Importancia” no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.
Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la “tekné” de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.
A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.
De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.
El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.
El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.
Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.
El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov, que apenas lo usaron. “A la deriva”, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.
No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kippling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.
La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.
Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kippling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.
Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la “tekné” del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.
Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.
En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.
La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.
Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, “temas para novelas y cuentos” que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.
Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.
La basura
Y yo dije: “¿Quienes son ellos, mi Señor?” Y dijo el ángel que me hablaba: “Estos son los que Iahweh envío para recorrer la tierra”. (Zacarías, 1, 8-11)
Elisa le vio por primera vez durante la pascua, desde la ventana de su cocina. No era mujer de observar a los demás, desde luego que no. Repudiaba a las cotillas. Pero estaba tan fascinada que ya no dejaba su puesto vigilante siquiera para jugar al póquer con las chicas. Estaba segura de que se había enganchado en su observación – días y noches analizándolo detenidamente, como si tratara de un hamster envenenado – sobretodo por su semblante nazareno, profético. Y, no hay por que negarlo, también porque su telenovela favorita se había acabado y ella quería entretenerse con algo o alguien que no la dejara por la no renovación de un contracto publicitario. “A cada seis meses ocurre lo mismo. Necesito fidelidad. En mi edad, cada fin de ciclo es una amenaza de muerte”, le decía a María, una vecina del edificio.
Por la mañana, en cuanto Elisa se tomaba un yogur SanusCol, arma letal contra el colesterol, el nazareno sacaba de su maleta la sandía que desayunaba todos los días. Se la comía sobre una paellera, con tenedor y cuchillo, escupiendo cuidadosamente las semillas en la mano, para luego echarlas a la basura. A Elisa, eso le parecía una actitud muy correcta: “La educación no depende de dónde estés o con quién. Es como el olor: cada cual tiene el suyo”. No raramente, tal pensamiento le alegraba el día. Y como ninguno de los dos faltaba con el compromiso matutino, ella gozaba inmensamente de aquella rutina inventada.
Luego del desayuno, le veía guardar su maleta detrás de los grandes cubos de basura de la urbanización y sentarse en la acera, con tres monedas sobre la gorra. Lo que ella interpretaba como el inicio del horario de trabajo, por lo que cogía sus recibos de pensionista y recalculaba una y otra vez su listado de transacciones bancarias.
Por la tarde, ambos descansaban arduamente. Elisa, con tal de verle al despertar, se acostaba con vistas a la ventana en su sofá florido, demasiado grande para el pequeño salón. Él se tumbaba como un cristiano, directamente en la acera o, en días frescos, sacaba de la maleta un colchón plegable y se encajaba entre la basura. Elisa se encantaba al verle dormir, sereno como las aguas del pacífico que ponían en el comercial de la tele. O quizás como los desiertos del Discovery, pero por las noches, cuando todo se calla y los amores pueden quererse en voz alta. Todo eso pensaba Elisa al verle tumbado.
Más tarde, ella colgaría el teléfono a prisas, segura de que su amigo estaba a punto de despertar. María le habría contado algo sobre su hijo que vendía frutas por el ordenador y a Elisa le habría parecido que era una charla de locos y que lo poco de vida que le quedaba no había que gastárselo en bobadas. Sobretodo porque ya empezaba su parte favorita del día: la hora de los descubrimientos. Se buscaba algo para picar, se servía una taza de té verde – glorioso contra los radicales libres – y se ponía a observarle atentamente. El nazareno separaba, con aires de escrutinio, todo lo que creía merecedor de su propiedad. Luego se tiraba un buen par de horas organizando todo, en la decadente maleta que le servía de armario.
Cuando él encontraba algo realmente interesante en la basura, como un Aznar de trapo o una aspiradora sin motor, Elisa entraba en estado de éxtasis. Sabía que él podría dedicar días, quizás semanas en analizar un único objeto, buscándole una utilidad y, sobretodo, una razón para no deshacerse de él. Era emocionante. Cierta vez, había encontrado la rueda de una bicicleta. Elisa notó con que ganas se puso a buscar las partes que le faltaban, con la clara intención de lograr un vehículo propio. Cuando lo desistió, por falta de un manillar, Elisa tuvo una crisis. Casi no comió por tres días, hasta que le salvó una visita oportuna de las chicas.
Por dos semanas, le tuvo abandonado. Luego, cuando sus visitantes se fueron porque ya estaba mejor, no dudó en volver otra vez a su puesto. Pero no se encontró con el mismo hombre: se le veía muy cambiado, la basura ya no estaba organizada sino que le rodeaba por completo; además parecía angustiado, no hacía más que dar vueltas alrededor de la maleta y luego pegar los ojos en el cielo, como si fuera un autista. Sintiéndose culpada, hinchó el pecho y decidió prepararle un almuerzo: buey strogonoff. Era su plato estrella y no lo preparaba hacía más de tres años. Llena de vigor, bajó por las escaleras y consiguió dejar la urbanización para entregarle un tupper. A ella le encantó su voz y, a pesar del alarmante olor a cloaca, salió convencida de que seguramente no padecía de disturbios, sino que estaría muy solitario – lo que puede ocurrir a cualquiera en esta vida – y por eso encontraba formas distintas de extravasar su energía y entretener el caminar del tiempo.
Pero en la mañana del otro día, muy tempranito, Elisa despertó con el alarido que llegaba de la calle:
- El fin de nuestros días se acerca – defendía el nazareno – Quién no se salva hoy, no se salva nunca.
Luego describió lo blanco que era el ángel que le había traído las malas nuevas del mas allá, lo que sólo dejó a Elisa todavía más intrigada. Al final, en el mismo ayer había constatado que no, seguramente no estaba loco, no sufría disturbios de ninguna parte y que, por lo tanto, todo lo que dijera, salvo el caso de que el propio ángel testificara en su contra, tendría que ser considerado como verdad irrevocable. Se tornó su seguidora y, aunque él no lo supiera, juró defenderle bajo cualquier afronta a su divina profecía.
Fue por la noche, Elisa se había preparado un revuelto de setas – para afinar la sangre y rejuvenecer las células – y se había encajado en el sillón de la habitación para verle dormir, antes de que hiciera lo mismo. Pero él no dormía. Argumentaba fervorosamente contra un cura, que había sido informado de sus augurios ahora mismo, en la misa de las siete, por un par de parroquianos. De inmediato, él salió en defensa del Señor contra tal falso profeta. Enfadado con sus blasfemias, le decretaba una eterna e irrefutable condena al infierno, y se burlaba de su auto-conferido puesto de profeta:
- Son cuatro, gusano idiota, y no siete caballeros del apocalipsis.
Mal le dio tiempo a Elisa para levantarse, ya el cura era arrastrado por detrás de los contenedores de la basura. Con la misma tranquilidad con la que se comía su sandía por las mañanas, el nazareno le metió el cuerpo en un bolsa plástica y lo guardó dentro de la maleta. Elisa, escondida detrás de un pañuelo de rosas y con los ojos atentos de discípula incansable, buscó fuerzas para convencerse de que lo que él había realizado era una especie de milagro, ya que defendía los designios del Señor. Pero por la noche tuvo pesadillas.
Pasaron dos semanas, llegaba la navidad con sus villancicos rencorosos y Elisa había sufrido otra crisis. Y, con las chicas en su apartamento, no la dejaban estar pendiente de él, aunque siempre que podía le echaba un ojo o apuntaba en un postit alguna nueva profecía que había proferido.
En la noche de navidad, entretanto, la dejaron sola. Casi todas las chicas se habían ido a casa y las que se se quedaron organizarían una fiesta con los otros empleados. Ella se sentó solitaria en su mesa, con un pálido trozo de pavo y una ensaladilla rusa que le habían subido de la fiesta. La escena le pareció tan ridícula que decidió conseguirse una compañía. Llamó a María y a su casa, pero fue inútil. Entonces recordó él único amigo que había tenido en los últimos meses, su único y siempre presente compañero.
- Él se lo merece – decretó.
Fue hasta la ventana, para certificarse de que estaba ahí, pero no le encontró. Segura de que estaba dormido entre la basura, salió de la urbanización y cruzó la calle desierta y oscura, decidida a invitarle a su cena. Pero al dar la vuelta a los contenedores de la basura, con los sufridos pasos que le permitían sus flacas piernas de abuela, le pudo ver al nazareno iluminado por los rayos multicolores que salían de la maleta; en un estado entre la euforia y el pánico, logró contar no cuatro, sino siete caballeros del apocalipsis.
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