Caín
¿Saramago criticando a Dios? ¡Pero si Saramago es dios!
Mario Benedetti (1920-2009)
Pasatiempo
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Noite dos Livros em Madrid

Não eram nem oito. O céu rosado de Madri transpirava, ansioso: sabia que ninguém dormiria. Deixei o trabalho como um relógio, as pernas correndo com os ponteiros. Queria chegar à rua Fuencarral, a livraria mais próxima, botar meus olhos de molho naquele montão de gente, de livro, de livro-gente. Aquela aura quase insuportável de celebração dominava Madri, essa emoção cheia de frescura juvenil, de esperar uma festa que fazquenuncachega. Eu já não chegaria, em tempo, à oficina literária sobre a escritura automática de Mallarmé, já não me colaria nas melhores conferencias da Casa de América ou do Ateneu, mas isso era o de menos. O demais era o cheiro de livro evaporando, aquele sem-idade de gente passeando, lendo as ruas. Assim que encontrei minha mulher e nos metemos em um tênis, subimos na calçada e nos deixamos levar, desde a estátua de Quevedo até a de Ortega y Gasset, sendo lidos pela cidade.
Uma grande jogada de marketing das editoras, a Noite dos Livros de Madri, abrindo caminho para uma triunfante Feira do Livro (maio-junho). Mas a festa foi muito além das barreiras comerciais. Em sua cuarta edição, assim como em suas anteriores, o brilho ficou por conta da incomparável capacidade do povo madrileño de assumir para si uma festa, tomar as ruas, confraternizar e celebrar a cultura.
Repetindo o sucesso da “Noche en blanco” (que mantém a capital espanhola e outras capitais européias velando por toda a madrugada em torno a eventos culturais), a Noite dos Livros cumpriu seu papel de incentivar as vendas e, de lambuja, a leitura. Mas o verdadeiro saldo positivo da noite é para os escritores, tanto os consagrados – que promoveram suas obras por todos os cantos da cidade – como os iniciantes – que participaram em oficinas literárias, desfilaram por bares e tertúlias com leituras e debates, pra tudo acabar na mesma sexta-feira.
A estrela literária da noite foi o catalão Juan Marsé, consagrado pelo último Premio Cervantes, ainda que seguido de perto pelo fantasma – em sentido estricto – de Stieg Larsson, o sueco que depois de morto conquistou o mercado editorial europeu. Marsé inaugurou as festividades lendo as primeiras linhas da “XIII Leitura Continuada de El Quijote”, e em todas os bares, auditórios e ateneus da cidade, outros 400 escritores e artistas seguiram seu exemplo.
Também seguimos. Passamos pelos bares de Camilo José Cela, pelas ruas que Lorca, Alberti, Onetti e Neruda cruzaram há muito tempo e que voltaram a cruzar nesta sexta-feira de São Jorge, milhares de vezes. Para um bom brasileiro, ver tanto livro assim pelas ruas parece até um milagre. Salve São Jorge! Nem importa que os métodos do santo sejam as do capitalismo. Me basta com que as pessoas vejam, respirem, chutem esta imensa porta de oportunidades que representa um livro.
La Casa Usher

La caída de la Casa Usher es quizá el mayor clásico dentro de la historia del cuento universal. Publicada originalmente en 1839, es una de las más complejas historias de Poe y uno de los mejores ejemplos de su extraordinária técnica y domínio del formato cuento. El arte inspira el arte y el compositor ruso Nikita Koshkin (1956) compuso Usher Waltz, un deleite para los que aprecian la guitarra. Se puede escucharla aquí.
Au cabaret vert (Rimbaud)

El simbolista francés
Depuis huit jours, j’avais déchiré mes bottines
Aux cailloux des chemins. J’entrais à Charleroi.
- Au Cabaret-Vert : je demandai des tartines
De beurre et du jambon qui fût à moitié froid.
Bienheureux, j’allongeai les jambes sous la table
Verte : je contemplai les sujets très naïfs
De la tapisserie. – Et ce fut adorable,
Quand la fille aux tétons énormes, aux yeux vifs,
- Celle-là, ce n’est pas un baiser qui l’épeure ! -
Rieuse, m’apporta des tartines de beurre,
Du jambon tiède, dans un plat colorié,
Du jambon rose et blanc parfumé d’une gousse
D’ail, – et m’emplit la chope immense, avec sa mousse
Que dorait un rayon de soleil arriéré.
Balada de buena doctrina (François Villon)
Pues ya bulas apócrifas trafiques
o vivas de ir trampeando con los dados
o monedas corrientes falsifiques
como los que terminan escaldados,
delincuente sin dios ni rey, bandido,
así estafes o robes o adulteres
¿en qué termina tu oro mal habido?
todo se va en tabernas y en mujeres.
Rima, zahiere, pulsa un instrumento
como los locos que el disfraz protege,
hazte el payaso, el mago, inventa un cuento
y representa donde se te deje
escarnios, farsas y moralidades,
gana a las cartas: todo lo que adquieres
-escucha atentamente y no te enfades-
todo se va en tabernas y en mujeres.
¿Que ante tales infamias tú reculas?
Entonces ve a labrar campos y prados,
almohaza caballos, asnos, mulas
si no te cuentas entre los letrados
y ganarás bastante. Mas si acaso
de los que el cáñamo trituran eres
¿no es verdad que el producto de tu brazo
todo se va en tabernas y en mujeres?
Calzas, jubones, bragas, capa
y todos los vestidos que tuvieres
llévalos -¡vámos! ¡que la edad se escapa!-
a las tabernas pronto, a las mujeres.
François Villon, poeta y bohemio francés de la edad media, considerado uno de los precursores de la poesía maldita justo a las puertas del renacimiento.
La boda de Luís
Desde luego, su olor a almendra no estaba allí. Parado en la puerta, con un pie adentro y otro afuera, no lograba encontrarla. No estaban sus carcajadas reverberantes en medio a la charla del tío Federico, con los sobrinos de Parla, y tampoco su mirada teutónica al lado del abuelo, repasando los preparativos del ya agobiado cura. Todavía estaba por llegar, y este pensamiento era libertador: abriendo camino ágilmente entre las miradas atónitas, ya se decretaba vencido el primer desafío del día — entrar en la iglesia.
Los últimos meses de meditación, el esfuerzo por suplantar viejos miedos, todo había sido en función de este único momento. El objetivo era claro: tranquilidad y discreción. El propio Luís, cuando le invitó a una cerveza y a la ceremonia, le alertó del gran desafío que suponía dicho encuentro:
— Adriana me mataría — ponderó pensativo — Lo último que quiero es que arméis un circo en nuestra fiesta.
Claro que ella estaría presente, de eso no había duda. Pero escucharlo de la boca de Luís, siempre sereno como un teléfono que no suena, le ponía de los nervios. Fue como volver a visitar una habitación oscura, olvidada en nombre del equilibrio y de la salud. La cerveza ya no era la misma, empezó a temblarse la silla y sus ojos bajaron de un único golpe: quizás estar de vuelta a Madrid no fuera tan buena idea. Luís le dejó en el pasillo de hotel y dieron el tema como decidido.
En la habitación, seducido por el paisaje nocturno desde la ventana del hotel Paris, el sueño llegó a Jorge con facilidad. Pero, al otro lado de las penumbras, le esperaba una larga noche de pesadillas. De todos los infiernos que le atormentaron, lo único que sobrevivió a la luz del día fue una escena, en que esperaba su novia en el púlpito de la catedral de Almudena. Después de su llegada triunfante y de las palabras del cura, quitaba su velo. Pero, para su enorme sorpresa, su novia no era nada menos que él mismo. Luego, el sueño se invertía: él caminaba por el pasillo, bajo los aplausos de toda la iglesia y, al detenerse en frente al púlpito, el novio le levantaba el velo, por lo que podía ver a su propia cara de espanto. Intercalándose puestos por horas, despertó sudando, encubierto por el edredón, y pasó lo restante de la noche convenciéndose de que las pesadillas eran una consecuencia natural del calor.
En la mañana siguiente, sentía como si la noche hubiera purgado a sus miedos. Lo prometido era ley y había que dar con ella algún día, al final. No era plausible dejar de vivir por sus caprichos, cosa que había hecho ya por demasiado tiempo. Todavía antes del desayuno, Luís ya había recibido su llamada:
— No te preocupes. — sintetizó Jorge — Lo haré.
Luís, al princípio reticente, pronto cedió al nuevo ánimo de su hermano y decidieron mantener todo lo previamente combinado. Como quedaban dos semanas hasta la fecha, no había nada más sano que aprovechar la buena salud. Tenía cada razón, cada argumento, todas las piezas encajadas, funcionando a todo motor. Se compró un humidor de puros, como regalo para Luís, y luego una buena caja de Cohiba para estrenarle. También se trajo un par de cosas para regalarle a Adriana, si el ambiente fuera receptivo. Pasó lo restante de los días leyendo un Borges que le había dejado su hermano, descansando en la habitación del hotel y divirtiéndose en las callejuelas madrileñas, conociendo a una parte de Madrid que no pudo en su juventud.
Cuando, por fin, había llegado el día de la boda, el sentimiento era de plenitud. Estaba listo para la hazaña. Resplandecía un azul sabático en el cielo de Madrid, y le pareció que no debía perder ni un centímetro de aire de aquél día inolvidable. Con la ventana abierta, puso el traje que le sentó espléndidamente. Era casi indescriptible la vivacidad que le dominaba, como si millones de hormiguitas le escalasen el cuerpo, picándole inyecciones de azúcar en los poros.
Ahora, ya dentro de la iglesia, no había forma de encontrarla. Quizás haya salido a buscar Adriana, quizás esté en el baño, quizás… Caminando por la nave derecha, se puso al lado de los otros padrinos, mirando de frente a sus desconcertados familiares. Empezó la música, la novia dio los primeros pasos y, antes de las siete, la gente ya se estaba metiendo en sus coches, en dirección a la finca de Cercedilla. Antes de cerrar la puerta de su taxi, logró ver a un resplandeciente Luís, que le dirigió una mirada extraña, casi indescifrable. Jorge, aunque no la hubiera visto, supo con seguridad que estaba allí.
El taxi le dejó lejos de la finca. Era más seguro si fuera caminando. Sobre una cuesta que le permitía, a un lado, la visión total de la fiesta y, al otro, el pacífico pico de Majalasna, se puso a hacer los preparativos. Al escorar el ojo en la luneta, la vio de inmediato. Era como si ella hubiera estado siempre esperándole, su eterno blanco. Todavía pudo observarla saludando a los novios, con un abrazo seguido de su asquerosa carcajada. Después disparó dos veces, un tiro que le habría solamente rozado la pierna, pero el primero, seguramente, le partiría el corazón. Guardando el arma, Jorge se comió un sandwich, porque el hambre le atormentaba el estómago, y se dirigió a la finca.
Al llegar, notó que dominaba, entre la gente, una mezcla de sonambulismo y desespero. Le divirtió, porque se parecían a él, cuando de niño vio por primera vez a un avión supersónico con su padre. Como era de esperarse, todo cambió cuando fue hasta el tío Federico, entregándole el estuche del arma. Le agarró del cuello, diciéndole un “bastardo, un gran bastardo”, y los otros, que buscaban al asesino con los perros, vinieron también a pegarle. Le echaron dentro de un silo, ahora utilizado como garaje, y le rodearon en el suelo; de forma que pudo ver sus tíos, primos, tías y el abuelo dándole patadas por todos los lados, con monstruosas muecas de rabia y desprecio. Hasta que un silencio le tomó la mente, quizás porque su audición se viera afectada por un golpe, y no se quedaron más que sus cabezas en movimiento, como si estuviera en una lenta película en blanco y negro. Y supo que estaban todos allí por él, que eran suyos por todo este instante y que, por fin, era parte de la familia. Su regocijo final llegó cuando ya agonizaba, cuando Luís surgió entre los otros, cuando movió la cabeza aprobando, con toda su bondad de hermano, el acto final de su existencia en familia.
La basura
Y yo dije: “¿Quienes son ellos, mi Señor?” Y dijo el ángel que me hablaba: “Estos son los que Iahweh envío para recorrer la tierra”. (Zacarías, 1, 8-11)
Elisa le vio por primera vez durante la pascua, desde la ventana de su cocina. No era mujer de observar a los demás, desde luego que no. Repudiaba a las cotillas. Pero estaba tan fascinada que ya no dejaba su puesto vigilante siquiera para jugar al póquer con las chicas. Estaba segura de que se había enganchado en su observación – días y noches analizándolo detenidamente, como si tratara de un hamster envenenado – sobretodo por su semblante nazareno, profético. Y, no hay por que negarlo, también porque su telenovela favorita se había acabado y ella quería entretenerse con algo o alguien que no la dejara por la no renovación de un contracto publicitario. “A cada seis meses ocurre lo mismo. Necesito fidelidad. En mi edad, cada fin de ciclo es una amenaza de muerte”, le decía a María, una vecina del edificio.
Por la mañana, en cuanto Elisa se tomaba un yogur SanusCol, arma letal contra el colesterol, el nazareno sacaba de su maleta la sandía que desayunaba todos los días. Se la comía sobre una paellera, con tenedor y cuchillo, escupiendo cuidadosamente las semillas en la mano, para luego echarlas a la basura. A Elisa, eso le parecía una actitud muy correcta: “La educación no depende de dónde estés o con quién. Es como el olor: cada cual tiene el suyo”. No raramente, tal pensamiento le alegraba el día. Y como ninguno de los dos faltaba con el compromiso matutino, ella gozaba inmensamente de aquella rutina inventada.
Luego del desayuno, le veía guardar su maleta detrás de los grandes cubos de basura de la urbanización y sentarse en la acera, con tres monedas sobre la gorra. Lo que ella interpretaba como el inicio del horario de trabajo, por lo que cogía sus recibos de pensionista y recalculaba una y otra vez su listado de transacciones bancarias.
Por la tarde, ambos descansaban arduamente. Elisa, con tal de verle al despertar, se acostaba con vistas a la ventana en su sofá florido, demasiado grande para el pequeño salón. Él se tumbaba como un cristiano, directamente en la acera o, en días frescos, sacaba de la maleta un colchón plegable y se encajaba entre la basura. Elisa se encantaba al verle dormir, sereno como las aguas del pacífico que ponían en el comercial de la tele. O quizás como los desiertos del Discovery, pero por las noches, cuando todo se calla y los amores pueden quererse en voz alta. Todo eso pensaba Elisa al verle tumbado.
Más tarde, ella colgaría el teléfono a prisas, segura de que su amigo estaba a punto de despertar. María le habría contado algo sobre su hijo que vendía frutas por el ordenador y a Elisa le habría parecido que era una charla de locos y que lo poco de vida que le quedaba no había que gastárselo en bobadas. Sobretodo porque ya empezaba su parte favorita del día: la hora de los descubrimientos. Se buscaba algo para picar, se servía una taza de té verde – glorioso contra los radicales libres – y se ponía a observarle atentamente. El nazareno separaba, con aires de escrutinio, todo lo que creía merecedor de su propiedad. Luego se tiraba un buen par de horas organizando todo, en la decadente maleta que le servía de armario.
Cuando él encontraba algo realmente interesante en la basura, como un Aznar de trapo o una aspiradora sin motor, Elisa entraba en estado de éxtasis. Sabía que él podría dedicar días, quizás semanas en analizar un único objeto, buscándole una utilidad y, sobretodo, una razón para no deshacerse de él. Era emocionante. Cierta vez, había encontrado la rueda de una bicicleta. Elisa notó con que ganas se puso a buscar las partes que le faltaban, con la clara intención de lograr un vehículo propio. Cuando lo desistió, por falta de un manillar, Elisa tuvo una crisis. Casi no comió por tres días, hasta que le salvó una visita oportuna de las chicas.
Por dos semanas, le tuvo abandonado. Luego, cuando sus visitantes se fueron porque ya estaba mejor, no dudó en volver otra vez a su puesto. Pero no se encontró con el mismo hombre: se le veía muy cambiado, la basura ya no estaba organizada sino que le rodeaba por completo; además parecía angustiado, no hacía más que dar vueltas alrededor de la maleta y luego pegar los ojos en el cielo, como si fuera un autista. Sintiéndose culpada, hinchó el pecho y decidió prepararle un almuerzo: buey strogonoff. Era su plato estrella y no lo preparaba hacía más de tres años. Llena de vigor, bajó por las escaleras y consiguió dejar la urbanización para entregarle un tupper. A ella le encantó su voz y, a pesar del alarmante olor a cloaca, salió convencida de que seguramente no padecía de disturbios, sino que estaría muy solitario – lo que puede ocurrir a cualquiera en esta vida – y por eso encontraba formas distintas de extravasar su energía y entretener el caminar del tiempo.
Pero en la mañana del otro día, muy tempranito, Elisa despertó con el alarido que llegaba de la calle:
- El fin de nuestros días se acerca – defendía el nazareno – Quién no se salva hoy, no se salva nunca.
Luego describió lo blanco que era el ángel que le había traído las malas nuevas del mas allá, lo que sólo dejó a Elisa todavía más intrigada. Al final, en el mismo ayer había constatado que no, seguramente no estaba loco, no sufría disturbios de ninguna parte y que, por lo tanto, todo lo que dijera, salvo el caso de que el propio ángel testificara en su contra, tendría que ser considerado como verdad irrevocable. Se tornó su seguidora y, aunque él no lo supiera, juró defenderle bajo cualquier afronta a su divina profecía.
Fue por la noche, Elisa se había preparado un revuelto de setas – para afinar la sangre y rejuvenecer las células – y se había encajado en el sillón de la habitación para verle dormir, antes de que hiciera lo mismo. Pero él no dormía. Argumentaba fervorosamente contra un cura, que había sido informado de sus augurios ahora mismo, en la misa de las siete, por un par de parroquianos. De inmediato, él salió en defensa del Señor contra tal falso profeta. Enfadado con sus blasfemias, le decretaba una eterna e irrefutable condena al infierno, y se burlaba de su auto-conferido puesto de profeta:
- Son cuatro, gusano idiota, y no siete caballeros del apocalipsis.
Mal le dio tiempo a Elisa para levantarse, ya el cura era arrastrado por detrás de los contenedores de la basura. Con la misma tranquilidad con la que se comía su sandía por las mañanas, el nazareno le metió el cuerpo en un bolsa plástica y lo guardó dentro de la maleta. Elisa, escondida detrás de un pañuelo de rosas y con los ojos atentos de discípula incansable, buscó fuerzas para convencerse de que lo que él había realizado era una especie de milagro, ya que defendía los designios del Señor. Pero por la noche tuvo pesadillas.
Pasaron dos semanas, llegaba la navidad con sus villancicos rencorosos y Elisa había sufrido otra crisis. Y, con las chicas en su apartamento, no la dejaban estar pendiente de él, aunque siempre que podía le echaba un ojo o apuntaba en un postit alguna nueva profecía que había proferido.
En la noche de navidad, entretanto, la dejaron sola. Casi todas las chicas se habían ido a casa y las que se se quedaron organizarían una fiesta con los otros empleados. Ella se sentó solitaria en su mesa, con un pálido trozo de pavo y una ensaladilla rusa que le habían subido de la fiesta. La escena le pareció tan ridícula que decidió conseguirse una compañía. Llamó a María y a su casa, pero fue inútil. Entonces recordó él único amigo que había tenido en los últimos meses, su único y siempre presente compañero.
- Él se lo merece – decretó.
Fue hasta la ventana, para certificarse de que estaba ahí, pero no le encontró. Segura de que estaba dormido entre la basura, salió de la urbanización y cruzó la calle desierta y oscura, decidida a invitarle a su cena. Pero al dar la vuelta a los contenedores de la basura, con los sufridos pasos que le permitían sus flacas piernas de abuela, le pudo ver al nazareno iluminado por los rayos multicolores que salían de la maleta; en un estado entre la euforia y el pánico, logró contar no cuatro, sino siete caballeros del apocalipsis.
Viejos
Un dolor agudo en la espalda. Eso lo que había conseguido con la tal viscoelástica. Si no durmiera todavía, le pegaría un buen par de hostias a Martina por abdicar de los muelles.
- No se tira, sin más, algo que te fue útil toda la vida – ponderó Borja en voz alta, todavía tumbado en la cama.
En vano, porque Martina reposaba como una muerta en su ataúd. Borja siguió su discurso, indiferente al silencio de la platea, y argumentó sobre la infalible caducidad de las cosas y la total falta de aptitud del ser-humano al tratar de darlas un punto final. Lo ejemplificó con el precoz y trágico abandono de su añorado colchón de muelles:
- Hace una semana, dormía como en las nubes – idealizó, con ojos de búho en la oscuridad – Y ahora este dolor me recuerda más al infierno.
Por la humedad del aire, dedujo que ya el día despertaría y la ciudad perdería este aspecto de cajón encerrado. Se dio la vuelta, molesto por los dolores que le machacaban el cuerpo. Sentía como si el colchón le comprimiera cada uno de sus huesos de tísico.
- Pero a ti te da igual, vieja, porque te protegen un par de kilitos extras – infirió, riéndose, más para ver si la despertaba de una vez.
La pequeña habitación se veía hundida en la más profunda ausencia de luz. Le divirtió pensar que el colchón le tocaba a los huesos, sobretodo porque, en la penumbra total, su imaginación soltaba amarras. Ya vencía los sesenta y todavía no perdiera la soltura ruidosa de un niño. Si quería transformarse en un hombre hecho de hielo o de plastilina, no tenía más que concentrarse lo bastante hasta que su cerebro, privado de la visión, se entregara al colorido imperio de los sentidos mentales. Por ejemplo, ahora mismo era una calavera, una gran calavera fea y asquerosa, rozándose pálida en la viscoelástica imprestable.
- ¡Qué viejo sinvergüenza! – se burló de si mismo, esperando que Martina también lo hiciera.
Ahí tuvo la idea. Se levantó, todavía dolorido, pero animado por la perspectiva de unas buenas carcajadas. “Viejos, pero vivos”, ella misma le decía. Se puso al pie de la cama y dijo con una voz de mueble antiguo y polvoriento:
- Martinita, despierta para ver tu viejo muerto.
Lo repitió dos veces y, cuando ya le salía la tercera, escuchó el grito de la mujer, en pánico, la pobre. Ya no tanto porque tenía miedo, sino porque en el susto se había dado con la cabeza en el borde de la cama.
- Está tan oscuro que no te veo, viejo tonto, pero por lo que recuerdo de ti, ayer, seguro que estás horripilante – disparó Martinita, jugadora, rozando la mano en la cabeza – Para un muerto no te hace falta el disfraz – arremató.
Él, entre risas, palpaba con dificultad el fondo del armario, buscándose algo con que vestirse, en cuanto ella intentaba vengarse con un monólogo de ironías:
- Haber intentado con la luz encendida. – insistió – Despertar mirándote esta cara de quién no ha dormido una vida, viejo, esto sí puede matar a uno de un infarto.
Pero ya Borja dejaba el dormitorio, riéndose como un grajo. Le confortó, al mirar la ventana, encontrar un cielo azul y resplandeciente, que encajaba perfectamente con la alegría del momento. Y se quedó hipnotizado por la mar de vida que vio despejada entre los edificios.
Hasta que, por un segundo, una nube trágica cubrió el sol y el cristal de la ventana, hasta ahora translúcido, reflejó una especie de tez blanca y seca, más bien huesuda, de una calavera con las mandíbulas abiertas de pavor.
Identidades
Se encontraron en el vestíbulo del hotel Palace, de Madrid. Celia estaba pidiendo las llaves de su cuarto y lo sintió a sus espaldas. Sin mirar hacia atrás, recogió las llaves en el balcón y subió las escaleras. Sabía que él la seguía, pero no pensaba en ello. Y no tanto porque ya se había acostumbrado a los inefables juegos del amor prohibido, sino porque estaba decidida a pasar pagina tan solo entrasen en la habitación. En cuanto subían, se dedicó a estudiar el pico de sus nuevos zapatos de tacón, de un amarillo Marruecos tan ruidoso que no la sorprendió que casi les regalasen en las rebajas. Para que le echara, no tardaría más que dos canciones. Los beneficios de la rutina: en los tres meses que llevaba del año, ya era el quinto. Es que se aburría, sola durante el día en casa. Pues se pondría un pastis con hielo y dedicaría la tarde a aprovechar la cama que, al final, ya se había pagado.
Cuándo él dejo la habitación, entretanto, Celia le siguió. Estaba intrigadísima, por no decir furiosa, con lo que había pasado. El hombre, largo, salió placidamente desfilando su chaqueta impecable por el paseo del prado, hasta subir por la calle de Huertas. Ella mandó al infierno los tacones, les metió en el bolso, y mantuvo el paso firme. Ya en los alrededores de atocha, fue obligada a coger un taxi, con el que le siguió en coche hasta su casa, en el barrio de Las Rosas. Nada más llegar, le dijo al taxista que no se marchara, que le diera solamente unos segundos. Pero cuando le vio salir en la ventana del segundo andar, decidió quedarse.
Observándole ahora, desde la acera opuesta, con frío y los pies desnudos, se le veía incluso más elegante, con un semblante infalible. Al fin, sabía escoger un buen hombre, se convenció. Pero ya no pudo sonreír. Había que mentalizar el chi, no dejar la pelota caer, repetía a si misma. Estaba casi dormida cuando la esposa del hombre llegó. Así, desde lejos, le pareció extremamente elegante. Bueno, quizás solamente elegante. Luego, al analizar la suavidad con que besó al hombre, con que atenuó las luces sin mayores formalidades o la manera en que extendió el brazo para entregarle una copa de vino, decidió que era una mujer desinhibida, de las que juegan al póquer, invierten en la bolsa y fantasean con hombres más jóvenes.
Cuando llegó a su casa, todavía pensaba en ella. Pensaba en cómo serían sus ropas, qué tipo de comida prepararía, cómo conduciría los asuntos personales, sobretodo en estas inmensas reuniones familiares, en que uno nunca puede escapar de una situación embarazosa. Al acostarse, aquella noche, abrazó su marido con fuerza y también se creyó una mujer extrovertida e independiente.
Al otro día, antes de las once, ya había terminado sus tareas diarias: la ropa, el suelo, la comida. Se encontraba en la mesa de la cocina, pensando y repensando su vida, convencida de que algo estaba mal. Entonces le dominó una necesidad de tomar una actitud, por fin había descubierto que sí, estaba desplazaba en aquella cáscara de mujer madura. La realidad es que, en su interior, todavía latía un fruto dulce, ya no tan fresco y joven, si así lo querían, pero un interior muy, muy dulce y suculento.
Así que pasó la mano en el bolso y volvió a la casa de hombre. Se pasó todo el día sentada en el banco de la acera, disfrazada con unas gafas de abeja. Les analizó cada movimiento, él había llegado antes y calentado la comida, pero a ella le tocó preparar el almuerzo del día siguiente. Él recogió los platos de la mesa, pero se los fregó ella. Y todo le pareció contaminado por la más pura armonía.
Volvió y en los siguientes. Empezó a hacer apuntes, memorizar movimientos, desde la forma de levantar la taza, dejando que la muñeca conducir naturalmente al brazo, hasta cómo cerrar las cortinas, de un solo movimiento, sin una docena de torpes tirones decurrentes de la inhabilidad de las manos. Entrenaba fervorosamente en casa. Su marido se irritó cuando le contó el propósito de pintarse el pelo. “Me casé con una morena”, le gritó, “no quiero encontrar a una rubia en mi cama”. Celia le dijo que era un bufón, un exilado de su tiempo, y que tarde o temprano tendría que encarar su nueva realidad.
Después de un mes de visitas diarias, Celia estaba segura de que la pareja sabía de su presencia. Y, siendo así, se sentía aceptada. Comprendió que le tocaba dar el siguiente paso en la relación. Sentía, vestía, olía como ella. Así que aquella, tarde, diferente de todas las otras, no se mantuvo oculta, en la acera. Sacó de su bolso una llave que no conocía y subió la escalera lateral que llevaba a la entrada del piso. Entró en la casa, cuidando los ruidos. Encendió las luces, pero las atenuó, sin mayores formalidades. Al coger una copa de su armario, y precisamente en el momento en que se tomaba un buen trago siguiendo la lectura de su libro que estaba sobre la mesa, notó que su marido entraba, mirándola con espanto. Y percibió que la mujer que le acompañaba llevaba zapatos de tacón, de un amarillo Marruecos tan ruidoso que seguramente lo habrían regalado en cualquier tienda de Arenal que estuviera en rebajas.

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