El mundo en una taza de té


Uno a veces se pone a pensar. De un tanto a otro ya no recuerda si camina en dirección a una plaza para tomarse una caña o si está sentado en la mesa para la cena, si le toca escurrir la pasta o guardar una docena de folios que le serán indispensables en el día de mañana para el trabajo. Tampoco le interesa demasiado el tiempo, si es tarde o temprano, al menos que su análisis parta de reconocer que el tiempo no es más que un gran hilo débil y pegajoso que hace curvas alrededor de sí mismo, hasta tragarse a su propia cola. En este momento, habiendo expurgado los reclames infantiles de esta realidad mentirosa y, por qué no, irreal, uno intégrase a lo que siempre ha sido, este ser mucho más conectado a lo que no es, a lo que no se toca, ni se ve. Uno se pone a pensar. Y es ahí donde el real desafío del hombre, como extremo de un inmenso y complejo enmarañado de relaciones sociales y sicológicas, se pone al descubierto, exponiendo una especie de juego de lógicas absurdas y desnecesarias. El pensador no precavido, al llegar a este punto, seguramente intuiría su derrota, quitaría sus peones y ofrecería un avergonzado rey al enemigo fantasma, que no pasa de una simples trampa que ha sido armada por su propio miedo a conocer y afrontar nuevas verdades, si tomamos como válido el hecho de que las antiguas verdades todavía son válidas en tal punto de involucración y comprometimiento. Pero al pensador que avanza su infantería armada de largas lanzas y le rasga el pecho al caballo amenazador, a este se le guarda el deslumbre del silencio, como si fuera un eremita durmiendo, bajo las estrellas, al borde del Katmandú. Y uno hace la reflexión de lo que es sólo suyo y le pertenece, y piensa en sus raíces, y las raíces de sus raíces, como si reconstruyera el inmenso árbol de su descendencia, comprobando el frescor y la podredumbre que quizá pueda encontrar en su subida hacia el colmo. Tambaleando sobre el ramo más alto en que se encuentre a gusto y confortable, uno se pone a reflexionar, al paso que mordisquea una amarga hoja que le remete al viejo mate al pie de los eucaliptos, de lo porqué de escribir por escribir y quemar su tiempo con la literatura, como si quemara un pucho, libertando un humo tan carente de preguntas como de respuestas, sin que a nadie le interese tragarlo o discutirlo. Uno piensa, cuándo ya ha dejado de mordisquear las hojas verdes y empieza a interesarse por el paisaje que desde ahí puede disfrutar, en lo porqué de escribir en un mundo donde la verdad se la deciden otros, y no tú, que debería ser único dueño y posesor de una verdad que sólo puede existir si es subjetiva. Cuando se le arrebata la brisa fresca y húmeda que parece bajar desde el cielo, contorneándole los brazos y despertándole las piernas que ya se sentían muertas, presionadas por un ramo del dicho ramo, uno baja cuidadosamente del árbol, se pone a caminar entre las trampas ya desarmadas de su infinitud de autodefensas y paranoias, hasta recordarse de que el agua ya se ha calentado para el té, por lo que retira su mano de dentro del saco de hojas frescas y las hecha con cuidado a la taza, con el pensamiento fijo en no derribarlas al suelo y dejarlas inutilizables por la suciedad.

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