Nosotros


(Cuento para el taller literário. En el primer párrafo, hasta “decidí seguime”, es del nobel Octavio Paz. Lo que sigue es mío.)

Al llegar a mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, me vi salir. Intrigado, decidí seguirme. Esperé hasta que me metiera en el ascensor y bajé saltando como un mono los nueve andares hasta la planta baja. Al salir del edificio, noté que cruzaba el césped con pasos largos y apresurados, no dejándome otra opción que mantener el mismo ritmo. Me sentía como el delay de una misma imagen, un bucle temporal en el que repetía los mismos movimientos que acababa de realizar delante de mí.

Éramos un único olor cuando el semáforo nos mantuvo, por casi diez segundos, lado a lado en la glorieta de Quevedo. El sol del fin de tarde nos evaporaba a ambos. ¡Pero si realmente se trataba de mí! Llevábamos, los dos, mi bigote de rasgos soviéticos, el pelo cayendo cansado sobre la cabeza hasta tumbarse detrás de las orejas, la chaqueta grisácea consumida por el tiempo y El Diablo, de Tolstói, de portada naranja, metido en el bolsillo. Suspirábamos juntos. Éramos idénticos, hologramas perfectos de un único alma. El mismo yo, que sólo conocía de los espejos y de las fotografías, ahora me obligaba a cruzar las calles de Madrid, fascinado como un viejo por su pasado.

Seguía siguiéndome. Aunque no lograse acercarme lo bastante, me parecía claro que no se trataba de una representación. Los movimientos eran honestos, no oscilaba en los gestos, ni volteaba los ojos por el alrededor – por si estudiara los espectadores. No había delito. Lo único conturbado era yo, que tambaleaba sobre la acera, en un esfuerzo por no perderme de vista. Necesitaba reaccionar instintivamente y no me quedaba tiempo para reflexionar sobre la situación en que me metía, sobre cómo actuaría si mi otro yo decidiera, de un golpe, parar o salir por un flanco y me viera obligado a enfrentarme. Lo único que tenía claro era que titubear resultaría en la pérdida de mi rastro y de las respuestas sobre dicha aparición. Sería derrotarme.

Fue cuándo entraba en la Viriato, luego de subir a galopes la Cardenal Cisneros, que presentí que también me había visto. Empezaba a cojear de la pierna derecha, lo que delataba nerviosismo. Aumenté la velocidad, tomado de un nuevo valor, pero al girar me deparé con una calle desierta. Una soledad bruta me instaló en el pecho. Ansioso, con mi joven valor echado al suelo y una nueva ansiedad mordisqueándome la pierna, todavía tuve fuerzas para meterme en el primer bar que encontré. Bebería.

El bar, hasta donde podría ver a través del umbral denso y oscuro, parecía vacío, con excepción del camarero, ancho y calvo, pero de aspecto joven, que abría una botella de Macallan.

– ¿Lo de siempre?, me preguntó.

Creo que me confundes con otra persona, le dije. Nunca estuve aquí.

Pues yo creo que sí, insistió.

Pruébalo. ¿Cómo es mi nombre?, le interrogué.

Pero ¿de qué va eso? Tengo cara de un puto psicólogo?, contestó.

Lo siento. Pues póngame lo de siempre.

Me sirvió el malta doce años y un café sólo. Miraba hipnotizado al terciopelo de las cortinas, cuándo presentí que alguien se acomodaba a mi lado.

¿Ya lo has terminado?

      – Acaban de servírmelo.

      –  Te pregunto del libro. ¿Ya lo has terminado?


Era una mujer de sus cuarenta años, pelo negro, largo y olor dulzón. Su mirada mentía más que sus palabras. Hablaba con un tono festivo y se le veía el sudor refrescante, tropical, escurriéndole por entre los pechos, manchándole el vestido rojo. Parecía conocerme, por lo que le contesté sobre el libro, al que agregué un par de comentarios decorados sobre la literatura rusa.  Al hablar, intentaba bajar levemente la mirada, ocultando posibles guiños delatores que me diferenciasen de su amigo verdadero. Pero ella, animada, como si no notase nada de extraño en todo lo que le hablaba, fue, poco a poco, involucrándome en aquella realidad liviana e irresponsable, hasta el punto en que parecíamos viejos amigos charlando sobre temas cotidianos. Anocheció.

Desperté en su casa, con la madrugada. Sin hacer ruidos, puse la ropa lentamente y eché un cigarrillo, observando los muebles amontonados en su salón. En una de las fotos sobre la mesa, estábamos los dos, abrazados en una playa, quizá en Cascais, junto a una otra pareja de desconocidos. Dejé la foto y me fui.

Dormí hasta las siete de la tarde. Luego encendí un cigarro, me acomodé frente al ordenador e intenté escribir todo lo que me había pasado. Me resultó incómodo, narrar “la búsqueda de mi propio yo”. Todo sonaba como Osho, Jodorowsky, Erich Fromm. Guardé el archivo, cogí mi chaqueta y decidí irme por una copa. Al salir de mi casa, y precisamente en el momento de abrir la puerta, sentí que alguien me vigilaba. Disimulé y me metí en el ascensor, sabiendo que estaría, en el mismo instante, bajando a saltos por la escalera. Pensé retroceder y volver a casa. Pero luego decidí seguir la orden natural de las cosas, caminar por la calle a pasos largos, hasta encontrar cualquier sitio donde pudiera refugiarme, refugiarnos, hasta el día de mañana.

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