Epístola


Se me ocurrió así, no más, decirte lo profético que fueron tus palabras el otro día, en el bar. Si en el momento no te hice caso, amigo mío… bueno, que tire la primera piedra el que nunca ha dudado de la palabra ajena. Al fin, las dijiste tan sin titubear, como si te las dictara un ser del más allá, que lo creí un chiste más de los tantos que ya nos habías contado.

Pero sí, es verdad que aquél día, nada más llegar, notaste lo del aire sepulcral, incluso se enfadó con nuestras miradas de monjas pecadoras, con los ojos buscando exilio en el cielo. El aire era de muerte. Pero te aseguro – ¡por el gran padre! – que te decía la más pulcra verdad al contestarte que la tarde iba sin más sobresaltos, en la paz de un monasterio, y lo más fuerte que me había pasado era que el coñac, una vez de por vida, me sentaba como una bendición.

No creas que busco tu absolución con esta carta. Pero es realmente abrumador como lo previste todo. Sin hacer invocaciones indebidas, te digo que, al recordarlo, lo primero que me pareció es que eras como mi ángel de la guardia, al susurrarme: “Che, cierra el bar y márchate de aquí, lo antes posible”. Si hubiera escuchado tus palabras, nuestra amistad estaría hasta ahora inmaculada.

Pero yo no soy hombre de catequizarse. También te confieso que viendo el fervor con que intentabas convencerme, empecé allí mismo a darme cuenta de que había más miedo que fe en tus palavras. Que venías con tu evangelio decoradito, y que dichos evangelios sólo sirven para condenar uno a la hoguera.

Por eso decidí quedarme cuando aquél pobre diablo entró sin aire por la puerta y preguntó por mi nombre. Por eso, aunque tu te marcharas maldiciéndome calle afuera, yo me quedé y le dije que me contara su parábola de la caída de mi própio lúcifer. Por eso, amigo mío, no te despaché al infierno un cuarto de hora después, cuando llamabas, excomulgado, a mi mujer desde un teléfono público. Porque sabía que eramos ovejas del mismo pastor y te tenía como un buen hermano.

Ya me doy cuenta del porque, hasta que llegaras, no sentíamos el tal aire sepulcral del que nos hablaste: se lo traías tu.

Al terminar de leer esta carta, oirás un breve susurro detrás de la puerta. Luego dispararé la santa bala que te quitará la vida.

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