Identidades


Se encontraron en el vestíbulo del hotel Palace, de Madrid. Celia estaba pidiendo las llaves de su cuarto y lo sintió a sus espaldas. Sin mirar hacia atrás, recogió las llaves en el balcón y subió las escaleras. Sabía que él la seguía, pero no pensaba en ello. Y no tanto porque ya se había acostumbrado a los inefables juegos del amor prohibido, sino porque estaba decidida a pasar pagina tan solo entrasen en la habitación. En cuanto subían, se dedicó a estudiar el pico de sus nuevos zapatos de tacón, de un amarillo Marruecos tan ruidoso que no la sorprendió que casi les regalasen en las rebajas. Para que le echara, no tardaría más que dos canciones. Los beneficios de la rutina: en los tres meses que llevaba del año, ya era el quinto. Es que se aburría, sola durante el día en casa. Pues se pondría un pastis con hielo y dedicaría la tarde a aprovechar la cama que, al final, ya se había pagado. 

Cuándo él dejo la habitación, entretanto, Celia le siguió. Estaba intrigadísima, por no decir furiosa, con lo que había pasado. El hombre, largo, salió placidamente desfilando su chaqueta impecable por el paseo del prado, hasta subir por la calle de Huertas. Ella mandó al infierno los tacones, les metió en el bolso, y mantuvo el paso firme. Ya en los alrededores de atocha, fue obligada a coger un taxi, con el que le siguió en coche hasta su casa, en el barrio de Las Rosas. Nada más llegar, le dijo al taxista que no se marchara, que le diera solamente unos segundos. Pero cuando le vio salir en la ventana del segundo andar, decidió quedarse. 

Observándole ahora, desde la acera opuesta, con frío y los pies desnudos, se le veía incluso más elegante, con un semblante infalible. Al fin, sabía escoger un buen hombre, se convenció. Pero ya no pudo sonreír. Había que mentalizar el chi, no dejar la pelota caer, repetía a si misma. Estaba casi dormida cuando la esposa del hombre llegó. Así, desde lejos, le pareció extremamente elegante. Bueno, quizás solamente elegante. Luego, al analizar la suavidad con que besó al hombre, con que atenuó las luces sin mayores formalidades o la manera en que extendió el brazo para entregarle una copa de vino, decidió que era una mujer desinhibida, de las que juegan al póquer, invierten en la bolsa y fantasean con hombres más jóvenes. 

Cuando llegó a su casa, todavía pensaba en ella. Pensaba en cómo serían sus ropas, qué tipo de comida prepararía, cómo conduciría los asuntos personales, sobretodo en estas inmensas reuniones familiares, en que uno nunca puede escapar de una situación embarazosa. Al acostarse, aquella noche, abrazó su marido con fuerza y también se creyó una mujer extrovertida e independiente. 

Al otro día, antes de las once, ya había terminado sus tareas diarias: la ropa, el suelo, la comida. Se encontraba en la mesa de la cocina, pensando y repensando su vida, convencida de que algo estaba mal. Entonces le dominó una necesidad de tomar una actitud, por fin había descubierto que sí, estaba desplazaba en aquella cáscara de mujer madura. La realidad es que, en su interior, todavía latía un fruto dulce, ya no tan fresco y joven, si así lo querían, pero un interior muy, muy dulce y suculento. 

Así que pasó la mano en el bolso y volvió a la casa de hombre. Se pasó todo el día sentada en el banco de la acera, disfrazada con unas gafas de abeja. Les analizó cada movimiento, él había llegado antes y calentado la comida, pero a ella le tocó preparar el almuerzo del día siguiente. Él recogió los platos de la mesa, pero se los fregó ella. Y todo le pareció contaminado por la más pura armonía. 

Volvió y en los siguientes. Empezó a hacer apuntes, memorizar movimientos, desde la forma de levantar la taza, dejando que la muñeca conducir naturalmente al brazo, hasta cómo cerrar las cortinas, de un solo movimiento, sin una docena de torpes tirones decurrentes de la inhabilidad de las manos. Entrenaba fervorosamente en casa. Su marido se irritó cuando le contó el propósito de pintarse el pelo. “Me casé con una morena”, le gritó, “no quiero encontrar a una rubia en mi cama”. Celia le dijo que era un bufón, un exilado de su tiempo, y que tarde o temprano tendría que encarar su nueva realidad. 

Después de un mes de visitas diarias, Celia estaba segura de que la pareja sabía de su presencia. Y, siendo así, se sentía aceptada. Comprendió que le tocaba dar el siguiente paso en la relación. Sentía, vestía, olía como ella. Así que aquella, tarde, diferente de todas las otras, no se mantuvo oculta, en la acera. Sacó de su bolso una llave que no conocía y subió la escalera lateral que llevaba a la entrada del piso. Entró en la casa, cuidando los ruidos. Encendió las luces, pero las atenuó, sin mayores formalidades. Al coger una copa de su armario, y precisamente en el momento en que se tomaba un buen trago siguiendo la lectura de su libro que estaba sobre la mesa, notó que su marido entraba, mirándola con espanto. Y percibió que la mujer que le acompañaba llevaba zapatos de tacón,  de un amarillo Marruecos tan ruidoso que seguramente lo habrían regalado en cualquier tienda de Arenal que estuviera en rebajas.

Anuncios

2 pensamientos en “Identidades

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s