Rutina


Es notable como uno llega al punto, de su breve y distraída existencia, en que se ve obligado a sobreponerse al ya mencionado problema de la realidad, este tramposo meandro del ser, al que se podría fácilmente negar, no fuera el dicho una cáscara más del inmenso naranjo que compone nuestro ser, o “voluntad”. Anoche mismo, al acostarme, todo seguía la más estricta relación entre la estabilidad y el delirio, quedando de relámpagos metafísicos no más que el Parker, perdido en no-férreos caminos, y la orquídea, la que ya hace tiempo empezó a florecer al revés – lo que no significa para abajo, sino para dentro. Nada más beberme el zumo de naranja, entretanto, un viejo compañero de las mañanas en que el gris se alza penetrante, noté que ya el techo empezaba a bajar, porque se aplastaba mi colección de poesía sudamericana, empezando – hay que valorarle el buen gusto – por las obras completas de Neruda, encuadernado en generosos tomos. Ya sabía lo que me guardaba el futuro inmediato, pero me hice el desinteresado y seguí con mi rutina inalterable, salvo el cambio de mi tradicional pan de nueces por una nada satisfactoria chapata. Ya pasaban las once de la mañana – había terminado de ajustar un pequeño cuento para la revista de un amigo y me había hojeado el recién comprado La vuelta al día en ochenta mundos, de Cortázar – cuando noté que albergaba un sentimiento de incomodidad, seguramente decurrente de la posición diagonal, con las espaldas ya comprimidas por el techo, que – aunque no me fijara con atención – seguía descendiendo paliativamente. No más que por una cuestión de conforto, me fui a gatas hasta la mesa del comedor (que sujetaba humildemente la imparable fuerza del techo) y metí el dedo entre los encajes de los lentos y sonámbulos pies de madera. Al oír el clic, rápidamente retiré el dedo – a este tipo de mecanismo siempre hay que mantener, ya no tanto un cuidado, sino un respeto – y noté alegremente como volvía a su sitio el suelo del locatario del piso de arriba, o sea, mi propio techo. Disfrazando cualquier movimiento que pudiera confirmar una urgencia o un sentimiento de miedo, volví a mi sillón, pero en poco tiempo ya estaba decidido a levantarme otra vez y prepararme un café, el tan tradicional café que me acompaña, rutinariamente, todas las mañanas.

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