Viejos


Un dolor agudo en la espalda. Eso lo que había conseguido con la tal viscoelástica. Si no durmiera todavía, le pegaría un buen par de hostias a Martina por abdicar de los muelles.
–    No se tira, sin más, algo que te fue útil toda la vida – ponderó Borja en voz alta, todavía tumbado en la cama.

En vano, porque Martina reposaba como una muerta en su ataúd. Borja siguió su discurso, indiferente al silencio de la platea, y argumentó sobre la infalible caducidad de las cosas y la total falta de aptitud del ser-humano al tratar de darlas un punto final. Lo ejemplificó con el precoz y trágico abandono de su añorado colchón de muelles:
–    Hace una semana, dormía como en las nubes – idealizó, con ojos de búho en la oscuridad – Y ahora este dolor me recuerda más al infierno.

Por la humedad del aire, dedujo que ya el día despertaría y la ciudad perdería este aspecto de cajón encerrado.  Se dio la vuelta, molesto por los dolores que le machacaban el cuerpo. Sentía como si el colchón le comprimiera cada uno de sus huesos de tísico.
–    Pero a ti te da igual, vieja, porque te protegen un par de kilitos extras – infirió, riéndose, más para ver si la despertaba de una vez.

La pequeña habitación se veía hundida en la más profunda ausencia de luz. Le divirtió pensar que el colchón le tocaba a los huesos, sobretodo porque, en la penumbra total, su imaginación soltaba amarras. Ya vencía los sesenta y todavía no perdiera la soltura ruidosa de un niño. Si quería transformarse en un hombre hecho de hielo o de plastilina, no tenía más que concentrarse lo bastante hasta que su cerebro, privado de la visión, se entregara al colorido imperio de los sentidos mentales. Por ejemplo, ahora mismo era una calavera, una gran calavera fea y asquerosa, rozándose pálida en la viscoelástica imprestable.
–    ¡Qué viejo sinvergüenza! – se burló de si mismo, esperando que Martina también lo hiciera.

Ahí tuvo la idea. Se levantó, todavía dolorido, pero animado por la perspectiva de unas buenas carcajadas. “Viejos, pero vivos”, ella misma le decía. Se puso al pie de la cama y dijo con una voz de mueble antiguo y polvoriento:
–    Martinita, despierta para ver tu viejo muerto.

Lo repitió dos veces y, cuando ya le salía la tercera, escuchó el grito de la mujer, en pánico, la pobre. Ya no tanto porque tenía miedo, sino porque en el susto se había dado con la cabeza en el borde de la cama.
–    Está tan oscuro que no te veo, viejo tonto, pero por lo que recuerdo de ti, ayer, seguro que estás horripilante – disparó Martinita, jugadora, rozando la mano en la cabeza – Para un muerto no te hace falta el disfraz – arremató.

Él, entre risas, palpaba con dificultad el fondo del armario, buscándose algo con que vestirse, en cuanto ella intentaba vengarse con un monólogo de ironías:
–    Haber intentado con la luz encendida. – insistió  – Despertar mirándote esta cara de quién no ha dormido una vida, viejo, esto sí puede matar a uno de un infarto.

Pero ya Borja dejaba el dormitorio, riéndose como un grajo. Le confortó, al mirar la ventana, encontrar un cielo azul y resplandeciente, que encajaba perfectamente con la alegría del momento. Y se quedó hipnotizado por la mar de vida que vio despejada entre los edificios.

Hasta que, por un segundo, una nube trágica cubrió el sol y el cristal de la ventana, hasta ahora translúcido, reflejó una especie de tez blanca y seca, más bien huesuda, de una calavera con las mandíbulas abiertas de pavor.

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2 pensamientos en “Viejos

  1. Guilherme Póvoas

    É efeito top spin de Martina [Navrotilova] neste texto? Ou é novidade na linguagem visual da palavra? Gostei do escrito, mas desta vez o sono sobrepujou a vontade de olhar no dicionário. Aí ficou faltando a palavra huesuda no meu vocabulário.

    Responder
  2. Juan José

    Muchas veces las palabras no dejan de ser eso, palabras. Pero en contadas ocasiones las palabras trascienden a su significado y despiertan en quien las leen sentimientos nuevos. Gracias al mimo y a la diestra mano del escritor que las transforma y moldea, como la del viejo artesano moldea el barro.

    Viejos es una de esas ocasiones. Buen trabajo “Artesano de las palabras”

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