La basura


Y yo dije: “¿Quienes son ellos, mi Señor?” Y dijo el ángel que me hablaba: “Estos son los que Iahweh envío para recorrer la tierra”. (Zacarías, 1, 8-11)

Elisa le vio por primera vez durante la pascua, desde la ventana de su cocina. No era mujer de observar a los demás, desde luego que no. Repudiaba a las cotillas. Pero estaba tan fascinada que ya no dejaba su puesto vigilante siquiera para jugar al póquer con las chicas. Estaba segura de que se había enganchado en su observación – días y noches analizándolo detenidamente, como si tratara de un hamster envenenado – sobretodo por su semblante nazareno, profético. Y, no hay por que negarlo, también porque su telenovela favorita se había acabado y ella quería entretenerse con algo o alguien que no la dejara por la no renovación de un contracto publicitario. “A cada seis meses ocurre lo mismo. Necesito fidelidad. En mi edad, cada fin de ciclo es una amenaza de muerte”, le decía a María, una vecina del edificio.

Por la mañana, en cuanto Elisa se tomaba un yogur SanusCol, arma letal contra el colesterol, el nazareno sacaba de su maleta la sandía que desayunaba todos los días. Se la comía sobre una paellera, con tenedor y cuchillo, escupiendo cuidadosamente las semillas en la mano, para luego echarlas a la basura. A Elisa, eso le parecía una actitud muy correcta: “La educación no depende de dónde estés o con quién. Es como el olor: cada cual tiene el suyo”. No raramente, tal pensamiento le alegraba el día. Y como ninguno de los dos faltaba con el compromiso matutino, ella gozaba inmensamente de aquella rutina inventada.

Luego del desayuno, le veía guardar su maleta detrás de los grandes cubos de basura de la urbanización y sentarse en la acera, con tres monedas sobre la gorra. Lo que ella interpretaba como el inicio del horario de trabajo, por lo que cogía sus recibos de pensionista y recalculaba una y otra vez su listado de transacciones bancarias.

Por la tarde, ambos descansaban arduamente. Elisa, con tal de verle al despertar, se acostaba con vistas a la ventana en su sofá florido, demasiado grande para el pequeño salón. Él se tumbaba como un cristiano, directamente en la acera o, en días frescos, sacaba de la maleta un colchón plegable y se encajaba entre la basura. Elisa se encantaba al verle dormir, sereno como las aguas del pacífico que ponían en el comercial de la tele. O quizás como los desiertos del Discovery, pero por las noches, cuando todo se calla y los amores pueden quererse en voz alta. Todo eso pensaba Elisa al verle tumbado.

Más tarde, ella colgaría el teléfono a prisas, segura de que su amigo estaba a punto de despertar. María le habría contado algo sobre su hijo que vendía frutas por el ordenador y a Elisa le habría parecido que era una charla de locos y que lo poco de vida que le quedaba no había que gastárselo en bobadas. Sobretodo porque ya empezaba su parte favorita del día: la hora de los descubrimientos. Se buscaba algo para picar, se servía una taza de té verde – glorioso contra los radicales libres – y se ponía a observarle atentamente. El nazareno separaba, con aires de escrutinio, todo lo que creía merecedor de su propiedad. Luego se tiraba un buen par de horas organizando todo, en la decadente maleta que le servía de armario.

Cuando él encontraba algo realmente interesante en la basura, como un Aznar de trapo o una aspiradora sin motor, Elisa entraba en estado de éxtasis. Sabía que él podría dedicar días, quizás semanas en analizar un único objeto, buscándole una utilidad y, sobretodo, una razón para no deshacerse de él. Era emocionante. Cierta vez, había encontrado la rueda de una bicicleta. Elisa notó con que ganas se puso a buscar las partes que le faltaban, con la clara intención de lograr un vehículo propio. Cuando lo desistió, por falta de un manillar, Elisa tuvo una crisis. Casi no comió por tres días, hasta que le salvó una visita oportuna de las chicas.

Por dos semanas, le tuvo abandonado. Luego, cuando sus visitantes se fueron porque ya estaba mejor, no dudó en volver otra vez a su puesto. Pero no se encontró con el mismo hombre: se le veía muy cambiado, la basura ya no estaba organizada sino que le rodeaba por completo; además parecía angustiado, no hacía más que dar vueltas alrededor de la maleta y luego pegar los ojos en el cielo, como si fuera un autista. Sintiéndose culpada, hinchó el pecho y decidió prepararle un almuerzo: buey strogonoff. Era su plato estrella y no lo preparaba hacía más de tres años. Llena de vigor, bajó por las escaleras y consiguió dejar la urbanización para entregarle un tupper. A ella le encantó su voz y, a pesar del alarmante olor a cloaca, salió convencida de que seguramente no padecía de disturbios, sino que estaría muy solitario – lo que puede ocurrir a cualquiera en esta vida – y por eso encontraba formas distintas de extravasar su energía y entretener el caminar del tiempo.

Pero en la mañana del otro día, muy tempranito, Elisa despertó con el alarido que llegaba de la calle:

    – El fin de nuestros días se acerca – defendía el nazareno – Quién no se salva hoy, no se salva nunca.

Luego describió lo blanco que era el ángel que le había traído las malas nuevas del mas allá, lo que sólo dejó a Elisa todavía más intrigada. Al final, en el mismo ayer había constatado que no, seguramente no estaba loco, no sufría disturbios de ninguna parte y que, por lo tanto, todo lo que dijera, salvo el caso de que el propio ángel testificara en su contra, tendría que ser considerado como verdad irrevocable. Se tornó su seguidora y, aunque él no lo supiera, juró defenderle bajo cualquier afronta a su divina profecía.

Fue por la noche, Elisa se había preparado un revuelto de setas – para afinar la sangre y rejuvenecer las células – y se había encajado en el sillón de la habitación para verle dormir, antes de que hiciera lo mismo. Pero él no dormía. Argumentaba fervorosamente contra un cura, que había sido informado de sus augurios ahora mismo, en la misa de las siete, por un par de parroquianos. De inmediato, él salió en defensa del Señor contra tal falso profeta. Enfadado con sus blasfemias, le decretaba una eterna e irrefutable condena al infierno, y se burlaba de su auto-conferido puesto de profeta:

    – Son cuatro, gusano idiota, y no siete caballeros del apocalipsis.

Mal le dio tiempo a Elisa para levantarse, ya el cura era arrastrado por detrás de los contenedores de la basura. Con la misma tranquilidad con la que se comía su sandía por las mañanas, el nazareno le metió el cuerpo en un bolsa plástica y lo guardó dentro de la maleta. Elisa, escondida detrás de un pañuelo de rosas y con los ojos atentos de discípula incansable, buscó fuerzas para convencerse de que lo que él había realizado era una especie de milagro, ya que defendía los designios del Señor. Pero por la noche tuvo pesadillas.

Pasaron dos semanas, llegaba la navidad con sus villancicos rencorosos y Elisa había sufrido otra crisis. Y, con las chicas en su apartamento, no la dejaban estar pendiente de él, aunque siempre que podía le echaba un ojo o apuntaba en un postit alguna nueva profecía que había proferido.

En la noche de navidad, entretanto, la dejaron sola. Casi todas las chicas se habían ido a casa y las que se se quedaron organizarían una fiesta con los otros empleados. Ella se sentó solitaria en su mesa, con un pálido trozo de pavo y una ensaladilla rusa que le habían subido de la fiesta. La escena le pareció tan ridícula que decidió conseguirse una compañía. Llamó a María y a su casa, pero fue inútil. Entonces recordó él único amigo que había tenido en los últimos meses, su único y siempre presente compañero.

    – Él se lo merece – decretó.

Fue hasta la ventana, para certificarse de que estaba ahí, pero no le encontró. Segura de que estaba dormido entre la basura, salió de la urbanización y cruzó la calle desierta y oscura, decidida a invitarle a su cena. Pero al dar la vuelta a los contenedores de la basura, con los sufridos pasos que le permitían sus flacas piernas de abuela, le pudo ver al nazareno iluminado por los rayos multicolores que salían de la maleta; en un estado entre la euforia y el pánico, logró contar no cuatro, sino siete caballeros del apocalipsis.

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