La boda de Luís


Desde luego, su olor a almendra no estaba allí. Parado en la puerta, con un pie adentro y otro afuera, no lograba encontrarla. No estaban sus carcajadas reverberantes en medio a la charla del tío Federico, con los sobrinos de Parla, y tampoco su mirada teutónica al lado del abuelo, repasando los preparativos del ya agobiado cura. Todavía estaba por llegar, y este pensamiento era libertador: abriendo camino ágilmente entre las miradas atónitas, ya se decretaba vencido el primer desafío del día — entrar en la iglesia.

 

Los últimos meses de meditación, el esfuerzo por suplantar viejos miedos, todo había sido en función de este único momento. El objetivo era claro: tranquilidad y discreción. El propio Luís, cuando le invitó a una cerveza y a la ceremonia, le alertó del gran desafío que suponía dicho encuentro:

 

— Adriana me mataría — ponderó pensativo — Lo último que quiero es que arméis un circo en nuestra fiesta.

 

Claro que ella estaría presente, de eso no había duda. Pero escucharlo de la boca de Luís, siempre sereno como un teléfono que no suena, le ponía de los nervios. Fue como volver a visitar una habitación oscura, olvidada en nombre del equilibrio y de la salud. La cerveza ya no era la misma, empezó a temblarse la silla y sus ojos bajaron de un único golpe: quizás estar de vuelta a Madrid no fuera tan buena idea. Luís le dejó en el pasillo de hotel y dieron el tema como decidido.

 

En la habitación, seducido por el paisaje nocturno desde la ventana del hotel Paris, el sueño llegó a Jorge con facilidad. Pero, al otro lado de las penumbras, le esperaba una larga noche de pesadillas. De todos los infiernos que le atormentaron, lo único que sobrevivió a la luz del día fue una escena, en que esperaba su novia en el púlpito de la catedral de Almudena. Después de su llegada triunfante y de las palabras del cura, quitaba su velo. Pero, para su enorme sorpresa, su novia no era nada menos que él mismo. Luego, el sueño se invertía: él caminaba por el pasillo, bajo los aplausos de toda la iglesia y, al detenerse en frente al púlpito, el novio le levantaba el velo, por lo que podía ver a su propia cara de espanto. Intercalándose puestos por horas, despertó sudando, encubierto por el edredón, y pasó lo restante de la noche convenciéndose de que las pesadillas eran una consecuencia natural del calor.

 

En la mañana siguiente, sentía como si la noche hubiera purgado a sus miedos. Lo prometido era ley y había que dar con ella algún día, al final. No era plausible dejar de vivir por sus caprichos, cosa que había hecho ya por demasiado tiempo. Todavía antes del desayuno, Luís ya había recibido su llamada:

     No te preocupes. — sintetizó Jorge — Lo haré.

 

Luís, al princípio reticente, pronto cedió al nuevo ánimo de su hermano y decidieron mantener todo lo previamente combinado. Como quedaban dos semanas hasta la fecha, no había nada más sano que aprovechar la buena salud. Tenía cada razón, cada argumento, todas las piezas encajadas, funcionando a todo motor. Se compró un humidor de puros, como regalo para Luís, y luego una buena caja de Cohiba para estrenarle.  También se trajo un par de cosas para regalarle a Adriana, si el ambiente fuera receptivo. Pasó lo restante de los días leyendo un Borges que le había dejado su hermano, descansando en la habitación del hotel y divirtiéndose en las callejuelas madrileñas, conociendo a una parte de Madrid que no pudo en su juventud.

 

Cuando, por fin, había llegado el día de la boda, el sentimiento era de plenitud. Estaba listo para la hazaña. Resplandecía un azul sabático en el cielo de Madrid, y le pareció que no debía perder ni un centímetro de aire de aquél día inolvidable. Con la ventana abierta, puso el traje que le sentó espléndidamente. Era casi indescriptible la vivacidad que le dominaba, como si millones de hormiguitas le escalasen el cuerpo, picándole inyecciones de azúcar en los poros.

 

Ahora, ya dentro de la iglesia, no había forma de encontrarla. Quizás haya salido a buscar Adriana, quizás esté en el baño, quizás… Caminando por la nave derecha, se puso al lado de los otros padrinos, mirando de frente a sus desconcertados familiares.  Empezó la música, la novia dio los primeros pasos y, antes de las siete, la gente ya se estaba metiendo en sus coches, en dirección a la finca de Cercedilla. Antes de cerrar la puerta de su taxi, logró ver a un resplandeciente Luís, que le dirigió una mirada extraña, casi indescifrable.  Jorge, aunque no la hubiera visto, supo con seguridad que estaba allí.

 

El taxi le dejó lejos de la finca. Era más seguro si fuera caminando. Sobre una cuesta que le permitía, a un lado, la visión total de la fiesta y, al otro, el pacífico pico de Majalasna, se puso a hacer los preparativos. Al escorar el ojo en la luneta, la vio de inmediato. Era como si ella hubiera estado siempre esperándole, su eterno blanco. Todavía pudo observarla saludando a los novios, con un abrazo seguido de su asquerosa carcajada. Después disparó dos veces, un tiro que le habría solamente rozado la pierna, pero el primero, seguramente, le partiría el corazón. Guardando el arma, Jorge se comió un sandwich, porque el hambre le atormentaba el estómago, y se dirigió a la finca.

 

Al llegar, notó que dominaba, entre la gente, una mezcla de sonambulismo y desespero. Le divirtió, porque se parecían a él, cuando de niño vio por primera vez a un avión supersónico con su padre. Como era de esperarse, todo cambió cuando fue hasta el tío Federico, entregándole el estuche del arma. Le agarró del cuello, diciéndole un “bastardo, un gran bastardo”, y los otros, que buscaban al asesino con los perros, vinieron también a pegarle. Le echaron dentro de un silo, ahora utilizado como garaje, y le rodearon en el suelo; de forma que pudo ver sus tíos, primos, tías y el abuelo dándole patadas por todos los lados, con monstruosas muecas de rabia y desprecio. Hasta que un silencio le tomó la mente, quizás porque su audición se viera afectada por un golpe, y no se quedaron más que sus cabezas en movimiento, como si estuviera en una lenta película en blanco y negro. Y supo que estaban todos allí por él, que eran suyos por todo este instante y que, por fin, era parte de la familia. Su regocijo final llegó cuando ya agonizaba, cuando Luís surgió entre los otros, cuando movió la cabeza aprobando, con toda su bondad de hermano, el acto final de su existencia en familia.

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