Vueltas (Gabriel Silveira)


Son las ocho y cuarto de la tarde – horario en que mis vecinas peruanas encienden la tele y me veo obligado a cerrar todas las ventanas – y acabo de darme cuenta de que él no volverá hasta muy tarde de la noche. Quiero acordarme de que era una vernissage, pero lo único que puedo estar seguro es que uno de sus compañeros del Café Oliver – seguramente este rubio que anda siempre acompañado de su colonia pestilente y el librito negro de fotos de Cartier – le había llamado ayer por la noche. Le habrá dicho que si el pintor o la escultora, que si el fotógrafo italiano o el ilustrador belga, que si éste estaría ahí, presentando en directo su nueva e instigadora visión del arte, pues lo mejor era beber directamente de la gran fuente de la creación y que el arte era para vivirla y nos vamos. No sé siquiera si le dijo que si, lo que estoy seguro es que ahora, con la ventana cerrada y el aire convirtiéndose en una especie de oscuridad para el olfato, me asoma la certeza de que estoy solo.

Él, probablemente, estará llegando con su chaqueta de terciopelo verde al sótano de un bar restricto a invitados, discutiendo intensamente con sus amigas la relevancia o no de Clarice Lispector como representante femenina en el boom hispano-americano o el papel trasgresor de la obra de Marcel Duchamp. Les abrazará, jugará con ellas, pero no se besarán, porque creen todos que eso degradaría sus posiciones de mujeres soberanas y herederas del sufragismo. Luego adentrarán el recinto, excitados y exultantes, saludando a las personas que tan bien tan mal conocen, llamándolas por el nombre y distribuyendo cumplidos y críticas como les plazca y les convenga. Yo, rasgándome una hoja de papel y realizando movimientos absurdos con las manos para elevarla al puesto de aeronave, observo la inmensidad del salón y la dimensión del vuelo de mi creación, echado en un rincón como un balón olvidado y medio marchito, creyendo que él, allá en su vernissage, también estará admirado, pero de otra forma, con otros ojos, quizás menos honestos, pero seguramente más reales. Lo mismo que el agua de mi té tardará para calentarse, llevará su amigo arquitecto, de influencia incomparable en el mundo de los artistas de verdad, para reconocerle en medio de los otros compañeros e invitarle a hablar directamente con el hombre o la mujer que hoy presenta su trabajo y que probablemente será un nuevo Constantin Brancusi, salvo en el caso de una interceptación del más allá. Claro que ninguno de ellos cree en el divino, que no lo divino del arte, el de sus pelos estilizados y de sus personalidades atemporales como un Modigliani. Pero él solo se sentirá completo de verdad en cuanto la mitad de la gente se haya marchado, en cuanto queden solamente lo que él suele llamar de “los especiales” y la noche empiece a alcanzar el nivel intelectual que él siempre soñara en presenciar. Se sentarán todos pegados entre si sobre un largo sofá, como si fuesen pelotitas de lana organizadas sobre la arena del gato, y crearán nombres de movimientos artísticos, se propondrán a escribir un manifiesto que la humanidad recordará y luego lo olvidarán metiéndose altas dosis de gin tónica con absenta. Yo, al vaso lleno de ron, le añado el té de hierbabuena, haciendo también un esfuerzo por emborracharme, pero de mi parte no logro más que ampliar mi lucidez, mi capacidad de ver a través de las paredes, y huyo en la lectura.

Las chicas peruanas se habrán acostado, la tele ya no suena y la noche afuera parece empezar modestamente a derretirse, el cielo amenazando con gotear un inflamable y viscoso líquido oscuro. El libro de Carpentier parece no aceptarme, fumo, otro trago. La nueva escultora habrá resultado ser atractiva, le llamará al arquitecto para susurrarle en el oído algo sobre una habitación del hotel ya pagada y todos se dispondrán a descubrirse, a reinventarse como bohemios y byronianos. Se desnudarán lentamente, con las luces encendidas y los vasos llenos, se tocarán con orgullo frente a los libros-manuales acomodados sobre el sillón, se enredarán como una telaraña de miedos y rencores y placeres, puede que incluso canten alegremente un Baudelaire de Léo Ferrer.  Y yo sentado en el váter, mirando fijamente al cepillo y al shampoo y preguntándome sobre qué es lo real, lo concreto o lo absurdo. Al mismo tiempo en que froto la cara con una rabia disfrazada de determinación, pienso que estarán los artistas tumbados en una sorprendida cama de pino y sábanas de color crema, atingidos por un noble y amargo sentimiento de decepción y fracaso, alarmados por su fallida moral y conciencia. Pero luego les bendecirán los primeros rayos del sol y una reanimadora sensación de estar viviendo y sus pálidas venas se llenarán de dinamismo y de esperanza. Ya preparado para dormir, fumándome el último pucho tumbado en la cama, todavía con las manos secas del insomnio  y del cansancio, me pregunto qué será de él; y él, dentro del coche del arquitecto que conducirá hasta aquí, seguramente se preguntará qué será de mí, sin olvidarse de que somos lo mismo, de que soy yo y nada más, aquí y en otro tiempo, más adelante o más atrás, que son lo mismo y lo único.

Anuncios

Un pensamiento en “Vueltas (Gabriel Silveira)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s