Miedo a escribir


Al final no sé bien cómo, por qué razón o con qué intenciones, lo cierto es que se me asoma así, no más, casi siempre en una mañanita tibia de invierno. A estas horas, estaré seguramente metiéndole café a la máquina o saltando con los ojos entre los principales titulares del periódico. Seguro es que, cuando llega, me lo tomo con calma, después seguramente de un par de segundos que llevo para relajarme del susto inicial y obtener la tranquilidad necesaria como para empezar con el procedimiento, que explico a seguir: primero me busco una hoja blanca – o de otro color, pero que plano, nada de dibujitos o demasiado colorines – luego balbuceo entre las revistas y libros para encontrar un bolígrafo fiable, es decir que pinte, y nos resta el empezar a describir cosas sencillas de la casa, como por ejemplo la curvatura casi sensual de los pies de la mesa o la circunferencia que dibujan las sillas puestas así, como insiste Vánia en organizarlas, alrededor del salón. Este sencillo y rápido procedimiento me suele liberar de este terrible mal que se me asoma por las mañanas: el triste y pagano miedo al escribir por escribir.

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