Despierto


Hay veces en que uno piensa que, para empezar a escribir, basta con sentarse de la forma que más le guste en su propia silla, sorberse un poco del té que mejor le valga para tranquilizarse, echar en el cenicero el pucho del cigarro que acaba de fumar, para que luego, como si un dios despejara el cielo y saliera el sol, o como si, al revés, le asaltara un viento que comandara una tormenta, arrastrando fuerzas y pensamientos, las palabras simplemente empezasen a saltar, como ranas contentas en el día que amanece lleno de humedad, desde un mundo lejano – o, si no lejano, al meno oscuro y aparentemente inaccesible – describiendo acciones, es decir historias, es decir dramas – que, al fin y al cabo, todas historias lo son – hasta que no quede nada más que espacios carcomidos por personajes y tramas sin más ley que las que uno crea; sin más vida que las que uno inventa; sin más poesía que las que uno posee. Y es ahí, al releer lo que se ha escrito en este breve período, que uno se entera de la fragilidad de la escritura que nace del escritor y no del personaje; de la infantilidad de las palabras que brotan de una mente y no de una boca; de la incapacidad de otorgar vida a nombres y mentes falsas, cuando las verdaderas ya están a su lado, en el mundo más que real del más allá, que es este mundo tan dulce y sereno al cual llamamos, con el cariño y el cuidado que sólo a él podríamos tener, de mundo de la fantasía. 

Entonces, al debatirse con dicha imposición, uno es obligado a retroceder, caminar en pensamientos buscando Cortázar por el boulevard St. Michel o F. Pessoa en el alto Chiado, o quizás por las callecitas floridas de Etretat, buscando la posibilidad – si es que es posible buscarlas en algún mundo – de darse con Guy de Maupassant o Proust, hasta que uno de ellos le indique el camino al mundo de la idea humana, donde uno puede reconocer el verdadero mundo de la fantasía real, la noche de nuestro día, la muerte de nuestra vida, la ceguera opuesta a todo lo que vemos. Es ahí donde uno, tan sabiamente convicto de su papel de creador y criatura, quita toda la veste que lleva encima, corta el pelo de forma a que apenas quede algo de su antigua apariencia humana, y se pone a modelar sus personajes, dibujando lo que ya está dibujado, escribiendo diálogos que ya han sido dichos, relatando sentimientos que ya están plasmados en el ancho y largo agujero de la conciencia humana, sus sufrimientos y angustias, sus incapacidades y perezas, sus miedos y aflicciones, sus victorias y secretos. 

Son más de la una de la mañana cuando uno despierta sentado en la silla – que todavía le gusta – y ve sobre la mesa el té, así como el cigarro, ambos consumidos por el frío y por el tiempo. Encontrarse devuelto a una realidad enferma, identificar las señales que así lo testifican y comprueban, estornudar una o dos veces por la alergia que siempre tuvo a dicha realidad, todos esos motivos son más que suficientes para que uno guarde parsimoniosamente el archivo al que estuvo añadiendo historias en este pequeño rato metafísico, mire otra vez más a la luz que brilla sobre la puerta de la habitación donde duerme y espera la mujer de uno, y empiece a echar otro cigarrillo – qué daría, che, por otro té ahora -, esperando que otra vez más las palabras turbias le salgan y se vea obligado a buscar a ver si encuentra un Cortázar, un Borges, un Márquez, un Chejóv a indicar caminos por ahí afuera. Ahí, una vez más, podrá salir del mundo de la realidad fantástica para adentrar la fantástica realidad, tan buena y sabrosa que siempre podría haber sido.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s