Cuentos

LA MANSIÓN DE LOS HOLS

“Escuchad y os diré lo que es el superhombre.” (Friedrich Nietzsche, Así habló Zarathustra)

El día en que ocurrió, nuestro anfitrión estaría en casa toda la tarde, por lo que decidimos caminar un poco y descubrir juntos los alrededores de la playa, antes de que el sol se pusiera. Queríamos disfrutar al máximo de nuestra intimidad en pareja, ya que las crisis de Helena eran cada día menos frecuentes y éso empezaba a liberarnos del oscuro laberinto en el que nos habíamos debatido durante los últimos años. Esperábamos una tarde lenta y serena, alejada de la rutina y de nosotros mismos. Pasearíamos un poco, nos fijaríamos en la sombra de los cargueros cruzando el horizonte como barcos fantasmas, yo le hablaría de Apollinaire o Max Ernst y ella recordaría los viejos tiempos rescatando una olvidada sonrisa, echándose el pelo hacia atrás y creyéndose libre de su enfermedad. Éso era lo que esperábamos.
Después de subir por las escaleras destinadas a los turistas que buscan el agotador paisaje de los acantilados, Helena y yo emprendimos un largo paseo por el campo. Íbamos siempre acompañados, por un lado, de las pequeñas fincas de ganado normando y, por el otro, del gigantesco despeñadero blanco que amuralla el Canal de la Mancha, como si guardara un desconocido mundo bajo sus aguas. Embebidos por el aire puro y realizando un esfuerzo por olvidarnos del reloj, seguimos alejándonos cada vez más del centro de Étretat, tomando rutas inexistentes y pedregosas entre las demarcaciones de propiedades privadas, identificadas no más que por un par de inútiles vallas, tumbadas por el viento y el olvido.
Cuando empezó la lluvia en un solo rugir, quizás anunciándonos un peligro inminente, fue Helena quién encontró abrigo en la ruina. Era una típica casa solariega francesa, con una gran equis de madera cruzándole la pared, como si denegara nuestra entrada. Construida en medio de la nada, sin carreteras de acceso ni señales de electricidad, probablemente se había incendiado y lo poco que quedaba de su estructura no dejaba más características reconocibles que sus dos plantas y una buhardilla, de la que sólo quedaban las vigas expuestas. Sorprendidos por el brusco cambio de tiempo, decidimos aventurarnos removiendo los escombros de la oscura mansión, buscando algún misterio con que entretenernos. Helena se ocupó de la segunda planta y me quedé solo, envuelto en la bruma gris de la lluvia torrencial que ya borraba del campo de visión el paisaje marino, como si una fuerza inexplicable nos abrazara.
No tardé mucho en encontrar algo que me despertase el interés. Oculto bajo el esqueleto de metal de un antiguo baúl, estaban los restos de lo que habría sido un mórbido diario de familia, los Hols, pero del que no quedaban más que unas pocas páginas legibles. La mitad de sus hojas se volvió ceniza nada más tocarlas. Todo lo que logré leer o descifrar a partir de frases sueltas reproduzco aquí, en el mismo orden cronológico en que los aprecié, pero quizás con demasiadas y generosas variaciones del lenguaje, puesto que, además de mi fallida traducción del francés, no he conservado su contenido más que en la traicionera memoria. Aun así, estoy seguro de que serán de valía para la comprensión de lo que ocurrió en esta inolvidable tarde, hecho que relataré posteriormente.
Lo primero que leí fue una página escrita el 14 de noviembre de 1962, cerca de veinte años antes de que la encontrara. Según comprendí, su autor era el último jerarca de su familia y escribía para testificar la no continuidad de su sangre. Había encontrado, al amanecer, a su mujer sin vida y algo le hacía creer que, fuera lo que fuese lo que la había matado, seguía ahí. “Sé que la muerte no se ha ido”, aseguraba, “sé que acecha por la ventana de los minutos, buscando a mi hijo y a mí”. En un primer momento, no pude más que recordar los hospitales de la peste negra en la vecina Rouen, creí que “la muerte” de la que hablaba sería una enfermedad, una epidemia. Pero dos frases me hicieron notar que las piezas no encajaban en este sentido, sino que apuntaban a un misterio mucho más terrible y fascinante. En la primera, decía que sus manos y rodillas temblorosas confesaban 85 años de vida, pero que el tiempo no registrara más que 35, lo que indicaba más un problema de naturaleza hereditaria que contagiosa. Luego, decretaba el fin de una “epopeya familiar” que había durado siglos y que él mismo sería el siguiente mártir de lo que llamaba una “podrida genética”. “Si lo que deseábamos, con nuestras vidas empapadas de sufrimiento y obstinación, era tornarnos seres únicos”, reflexionaba, “lo hemos logrado de la peor forma posible: soy seguramente el anciano más joven del mundo”.
Nada más se comprendía en la página firmada por Martin Hols, la que llevaba la fecha más reciente de lo que sobraba del diario. Retenido por una especie de vórtex científico e invadido por la necesidad de comprobar lo real de sus palabras, no logré llamar a Helena, sino que me puse, hambriento de respuestas, a buscar otro documento que se hubiera preservado. Me sorprendieron un par de apuntes, como fichas personales, describiendo la historia de los participantes de una especie de experimento, por llamarlo de alguna manera. La ficha de un tal Ingmar Hols, por ejemplo, atestaba que sus padres procedían ambos de la misma familia y que el porcentaje de “inbreeding” ― o cruzamiento de genes ― rozaba el 49%. Luego, describía algunas deformaciones, como el agrandamiento del omoplato derecho, la pérdida de la movilidad en las rodillas y la fusión anómala de sus vértebras 31 y 32.
Al pie de la página, unos escritos borrosos defendían una supuesta teoría de la evolución de Whilhem Hols. En ellos, despreciaba el entierro de Darwin en la abadía de Westminster ― con claro desdén hacia los ingleses ― y alababa a Hols por mantener su conocimiento circunscrito a los suyos, privándole de la mala interpretación de una humanidad demasiado ingenua. Al otro lado de la misma hoja, nuevos apuntes establecían el número de familiares en la fecha, 163, de los cuales más de la mitad eran niños, casi todos sometidos al régimen de “condicionamiento”. Más adelante, debajo de unos dibujos aterradores de las herramientas nombradas “moldeadores de tórax” y “perforadora de huesos”, un texto volvía a hablar de dicho régimen, en el que ― por lo que pude deducir ― los niños vivían aislados en lo alto de grandes árboles, impedidos de utilizar los miembros inferiores y en condiciones extremas que les condujesen a lo que el autor describía como “predisposición genética al cambio, generando la necesidad física de la mutación que a través de los siglos será esencial para el éxito de nuestro gran objetivo”. Al mismo tiempo en que removía las demás hojas semi carbonizadas, procuraba crear una imagen de todo lo que había leído. Intentaba visualizar a Whilhem Hols, me preguntaba si tendría una mirada despiadada o revolucionaria, pacífica o feroz, audaz o grotesca. Pero sobre todo me asombraba la visión de los niños, atados en lo alto de grandes árboles, sus miradas de espanto y de terror. Aunque, en realidad, no sabía si todo lo que estaba leyendo era real. Podría perfectamente tratarse de un simple relato o quizás el proyecto de una novela científica, que en las manos de un inexperto pero imaginativo periodista alzaba el vuelo de la realidad. Lo cierto es que sentía la vida brotar de cada uno de los poros de mi cuerpo, mis entrañas hirviendo en un cuestionamiento febril, despertadas por uno de los más oscuros y originales temores de la especie: la inconsciencia de su función y destino.
La lluvia aumentaba y un gigantesco ogro gris de humo parecía haberse levantado del mar, tumbándose groseramente sobre la tierra. Perturbado por mis lecturas, inmerso en mis descubrimientos, me asaltó el silencio de Helena, en la segunda planta. Solté el diario y disparé por la escalera, abriéndome camino entre el polvo que, de alguna forma, lograba subsistir en medio a tanta humedad. A cada paso que daba, crecía dentro de mí un miedo ahogador, una angustia corrosiva en los pulmones que me impedía respirar. Después de cruzar el pasillo, desvelando la oscuridad, identifiqué a Helena de espaldas, con la mano derecha temblorosa apuntando hacia arriba y empapada por la lluvia que entraba por la buhardilla, quizás hipnotizada por la visión del hombre-pájaro, que alzaba el vuelo por entre las vigas, quizás ya perdida en la locura del momento que le robó para siempre la lucidez y la humanidad.

Este y otros cuentos se pueden encontrar en este libro.

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